Peter Singer - El presidente que no sabe mentir

8 de marzo de 2007 ·

Extraído de El presidente del Bien y del Mal, Barcelona, 2004


Mucha gente cree que George W. Bush es, ante todo, una persona moralmente loable: John DiIulio, al que Bush nombro director de la oficina de la Casa Blanca para iniciativas comunitarias y con base religiosa, escribió lo siguiente después de haber dejado la Casa Blanca: "En mi opinión, el presidente Bush es una persona admirable y sumamente decente. Es un hombre piadoso y un líder moral". David Frum, que también escribía después de haber dejado de trabajar en la Casa Blanca de Bush, describió al Presidente como un "hombre bueno", poseedor de virtudes como "decencia, honestidad, rectitud, valor y tenacidad". Frum, quien también era muy conservador, nos ofrece una visión extraordinaria de lo que denomina "el fervor moral de la Casa Blanca de Bush". Pero el fervor moral de la Casa Blanca podía ser increíblemente mezquino. Se impusieron normas éticas para la conducta del personal que, en palabras de Frum, "llegaban a extremos absurdos". En una reunión le preguntaron si estaba seguro de algo, y Frum respondió: "Sí que estoy seguro, maldita sea". Se hizo un prolongado silencio y el ambiente se volvió tenso de improviso. Finalmente, Frum se dio cuenta de su error, y respondió nuevamente: "Estoy muy seguro". Parece que fue el propio Bush quien estableció esta especie de fundamentalismo moral, consistente en interpretar al pie de la letra sencillas normas morales. Frum dice que Bush "desdeñaba las mezquinas mentiras del político", e insistía de forma tan estricta en no apartarse de la verdad que cuando, un día antes de salir de viaje hacia California, le pidieron que pronunciara un discurso radiofónico que seria emitido al día siguiente, empezó leyendo: "Hoy estoy en California...". Entonces dejó de leer y dijo con exasperación: "Pero si no estoy en California!".

El tomarse la obligación de decir la verdad tan al pie de la letra indica una cierta atrofia moral. El psicólogo de Harvard Lawrence Kohlberg estudió la capacidad de formar juicios morales en niños, adolescentes y adultos de Estados Unidos y otros países, y concluyo que, en una amplia gama de culturas, pasamos por las mismas etapas de crecimiento moral en el mismo orden. (Kohlberg estaría de acuerdo con Bush en rechazar el relativismo ético y creer que podemos educar a nuestros hijos según pautas universalmente validas de desarrollo moral, con el propósito de alcanzar un nivel de razonamiento moral mas elevado). Durante la infancia, afirma Kohlberg, nos encontramos a un nivel preconvencional, en el que sólo nos preocupa actuar de acuerdo con nuestros propios intereses y no ser castigados por lo que hacemos. Después accedemos a un nivel convencional, en el que obedecemos las convenciones sociales por lo que significan. Kohlberg describe la más elevada de las dos etapas dentro del nivel convencional como "una orientación hacia la autoridad, las normas fijas y el mantenimiento del orden social". El psicólogo descubrió que ésta era la tendencia imperante entre los muchachos de 13 anos; a los 16, muchos habían pasado del nivel convencional al nivel posconvencional, o nivel de los principios. La persona que se encuentre en el nivel posconvencional podrá ver que existe la posibilidad de alterar las normas de acuerdo con consideraciones mas generales de utilidad social, o de acuerdo con principios éticos que uno ha escogido por su propia voluntad, no de forma arbitraria, sino "conforme a principios éticos propios que apelan a la capacidad, a la universalidad y a la coherencia lógicas". Kohlberg recalca que los principios elegidos a un nivel posconvencional no son normas morales concretas, como los Diez Mandamientos (o la norma simple "no mientas"), sino principios éticos mas amplios, como la regla de oro o el imperativo categórico de Kant ("actúa siempre como si la máxima que rige tu acción fuera una ley universal"). La descripción que hace Frum del apego de Bush a las "normas fijas", y su aparente incapacidad para evaluar la sencilla norma contra la mentira de acuerdo con consideraciones mas generales de por que tenemos dicha norma, indica que Bush no ha progresado más allá del nivel convencional de razonamiento moral descrito por Kohlberg. Esta es la etapa a la que suelen llegar los muchachos en su adolescencia temprana, aunque Kohlberg señala que muchos no continúan desarrollándose, y por ello no es inusual que un adulto se encuentre en esta etapa.

Frum llega a la conclusión, después de describir el carácter moral de Bush, de que "el país podía confiar en que la administración Bush no engañara ni mintiera". Pero los acontecimientos han demostrado que Frum estaba equivocado, y la Casa Blanca de Bush nos ha proporcionado un ejemplo de manual sobre los fallos de una ética basada en una adherencia rígida a las normas morales fijas interpretadas de modo literal. Si bien Bush puede considerar ingenuamente que decir que esta en California cuando en realidad esta grabando un discurso en Washington es una mentira, y por lo tanto algo malo, el Presidente no ha querido ver que cometió un grave error cuando creo falsas impresiones en mucha gente sobre la supuesta posesión de armas de destrucción masiva por parte de Iraq. La Casa Blanca fomento estas impresiones falsas a partir de un informe muy selectivo sobre las pruebas. Bush incluyo en su discurso sobre el Estado de la Nación información sobre el intento de Iraq de comprar uranio en África que el o sus asesores, o quizás ambos, sabían que era muy dudosa, por no decir falsa. En julio de 2003, cuando surgieron preguntas acerca de por que no se habían eliminado estas declaraciones del discurso sobre el Estado de la Nación de Bush, tanto Condoleezza Rice como Donald Rumsfeld intentaron argumentar que la información era correcta. La forma en que lo hicieron indica que el concepto literal de la verdad que tiene Bush ha condicionado a toda su administración. (...)

Si los asesores de Bush sabían que la información mencionada en el discurso no era fidedigna, el propio Bush debería haberlo sabido también. Y si lo sabía, era tan culpable como ellos. Si no lo sabía, o bien no había aleccionado correctamente a sus asesores sobre la importancia de que le transmitieran dicha información, o les había aleccionado correctamente, y ellos no habían seguido sus instrucciones. Si no habían seguido sus instrucciones, al enterarse de la posibilidad de que sus asesores hubieran obrado mal, un Presidente consciente de la importancia de engañar al Congreso y al pueblo estadounidense en una cuestión tan vital como los motivos para empezar una guerra se habría encargado de que el responsable de este grave error de juicio hubiera corrido la misma suerte que los altos cargos o los líderes políticos que cometen equivocaciones similares. Bush, sin embargo, no hizo nada semejante. Cuando el tema salió a la luz, en lugar de propiciar una investigación para determinar que había fallado y por qué, la respuesta inicial de Bush fue tachar a sus críticos de "historiadores revisionistas" y soslayar las preguntas sobre la credibilidad de la información que había proporcionado, afirmando que la guerra había tenido, por el hecho de derrocar a Sadam, un buen resultado. A continuación, Bush dijo que su discurso había sido autorizado por la CIA, como si eso le absolviera de toda responsabilidad. Después de que el director de la CIA, George Tenet, asumiera la responsabilidad por la inclusión de las frases engañosas, Bush dijo que tenía confianza "absoluta" en Tenet y en la CIA, y que consideraba zanjado el asunto. Cuando le preguntaron en una conferencia de prensa por que no había responsabilizado a Condoleezza Rice de la inclusión de la frase sobre el uranio africano, Bush se limitó a responder: "La doctora Condoleezza Rice es una persona fabulosa y muy honesta, y Estados Unidos tiene la suerte de contar con sus servicios. Y no hay más que decir". No se ofrecieron más explicaciones del papel que desempeñó Rice en este asunto. (Condoleezza Rice admitió más tarde sentirse "personalmente responsable de todo este episodio). Luego, cuando le preguntaron directamente si se responsabilizaba personalmente del error, Bush respondió: "Asumo la responsabilidad de todo lo que digo, por supuesto, sin duda". Pero Bush parece creer que "asumir la responsabilidad" son meras palabras, porque ni Tenet ni Rice perdieron el empleo por los errores que habían asumido ni se les llegó a reprender jamás, y el propio Bush no admitió ningún error; ni se disculpó ante el Congreso y el pueblo estadounidense por haberles engañado.


El fracaso ético de Bush

Tanto si realmente se cree las frases solemnes y la elevada retórica que suele emplear, como si las utiliza de forma consciente para obtener apoyo popular, resulta obvio que Bush no está realmente interesado en adoptar las políticas necesarias para cumplir todas sus promesas. Bush no ha hecho casi nada de lo que se comprometió a hacer para lograr una sociedad mejor y más justa. El Presidente ha afirmado que la pobreza profunda y pertinaz no es digna de la promesa que ofrece Estados Unidos, pero el número de estadounidenses que viven en la pobreza aumentó tanto en 2001 como en 2002. En lugar de combatir dicho aumento, Bush ha defendido recortes fiscales que limitan la capacidad del gobierno para hacer algo al respecto. En lugar de asegurarse de que la nación que gobierna sea un buen ciudadano del mundo, Bush ha menospreciado las instituciones que promueven la cooperación mundial y ha impedido que el imperio de la ley, y no el de la fuerza, sea el factor determinante en cuestiones internacionales. El Presidente ha iniciado una guerra innecesaria, con gran coste en vidas humanas y en dólares, cuyo resultado final todavía es incierto. Al proteger la industria del acero y firmar una ley que autorizaba los mayores subsidios jamás concedidos a agricultores estadounidenses, Bush ha demostrado que su retórica sobre el libre comercio enmascara una hipocresía brutal, que está empobreciendo aún más a millones de agricultores de otros países. Si comparamos la cuantía de estos subsidios con el aumento de la ayuda al exterior propuesto por Bush, su compasión nos parece mezquina.

El carácter moral de Bush tampoco está a la altura de su cargo. Lastrado por una concepción ingenua de la ética como cumplimiento de un pequeño número de normas fijas, Bush no ha sido capaz de manejar de forma adecuada las difíciles situaciones a que se enfrenta cualquier Presidente de una nación importante. Al dar un paso en falso, todo el que tenga principios morales lo admitirá, intentará comprender cuál fue su error y tratará de evitar que algo similar vuelva a ocurrir. Sin embargo, cuando se hizo público que había utilizado información engañosa sobre Iraq, Bush no permitió que se investigara la forma en que él y sus asesores llegaron a engañar a los estadounidenses y al resto del mundo con argumentos que justificaban la guerra. En lugar de permitir que se llevara a cabo la investigación, Bush hizo más declaraciones inexactas sobre el momento en que se conoció la falta de veracidad de su información y sobre los acontecimientos que propiciaron la decisión de entrar en guerra. Este es el comportamiento que cabe esperar de un político más preocupado por proteger su reputación que por obrar de forma correcta; sus acciones no son propias de una persona que tenga principios morales.

Al final, no podemos saber con seguridad si Bush y sus asesores son sinceros con respecto a los principios éticos que propugna el Presidente. Por consiguiente, este libro podría verse como un intento de cubrir todas las posibilidades. Cuando Bush habla de sus principios éticos puede que sea sincero, o puede que mienta. Si miente ya es razón suficiente para condenarle. He comenzado analizando la suposición contraria, más generosa: el Presidente es sincero, y deberíamos tomarnos en serio su postura ética, evaluarla de acuerdo con sus propios criterios y preguntarnos si Bush ha obrado en consecuencia. Aunque dicha suposición fuera falsa, ha merecido la pena emprender esta tarea porque ahora sabemos que, sincera o no, la ética de Bush resulta del todo inadecuada. En la actualidad Bush arrastra toda una serie de promesas incumplidas y políticas revocadas, desde su afirmación de que defendería los derechos de los estados frente al poder del gobierno federal hasta su promesa de llevar el sueño americano a los pobres, así como su oposición a la política de "construcción de naciones". En lugar de abrir la puerta a la "era de la responsabilidad" que tanto pregonaba, sus recortes fiscales han provocado un déficit presupuestario aun mayor, lo que tendrá graves consecuencias para las generaciones futuras.


http://www.utilitarian.net/es/singer/de/20050130.htm

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