María Zambrano - Nietzsche

12 de marzo de 2007 ·

VI. Los seres de la aurora

2. Nietzsche

En la sagrada oscuridad de la infancia, clasificada como locura, en la que FN se sumió en los últimos años, era acunado solamente por la música y por la voz de su madre leyéndole textos de Spinoza que le apaciguaban y le hacían sonreír; se diría que se volvía criatura, librándose de ser persona, máscara. Recordaba sin rencor el haber escrito él también algún libro de filosofía, y, cosa a anotar, nunca dio señales de temer a la muerte, como si la muerte para él no existiera, como si estuviese cierto de una íntima y total transmutación. Antes de esta su penúltima infancia,había escrito que el cuerpo luminoso queda en su interior oscuro. Sería eso quizá lo que le mantenía en esa paz sin riberas, aunque tal como un astro necesitado de una cuna y de una órbita a recorrer;cuna y órbita que le daban la voz de su madre y la música. Sólo cuando ellas faltasen habría de recaer en la angustia y el desasosiego del astro luminoso sin cuna, de una criatura cuasi divina que, sometida aún a las leyes de este planeta, si le falta el lugar adecuado a su terrena condición, seguirá siendo luminoso, pero errante, sin sede, perdido en su propia luz. Pues que la luz se cumple aquí cuando alumbra a alguien o a algo, cuando enciende algo opaco, sobre todo si se resiste a la luz, o cuando llega, aun furtivametne, a quien la espera para respirar en ella. Ya que, según se sabe, la verdadera respiración de todo ser viviente se da en la luz.

¡Qué íntima combustión habría de darse en la oscuridad interior de este cuerpo luminoso que se confesaba ser FN!¡Qué fuego sutil había de recorrerlo y que, al no ir encauzado por el río del pensar, golpearía sus sienes, haría arder su frente, temblar sus manos, tal como si aquellas criaturas, desposeídas de la capacidad del pensamiento, concibieran en sí ese fuego sutil que sólo al pensar mueve! Ese pensar que transforma el sentido originario, inmerso de por sí en ideas siemptre limitadas pero de transparente contenido. Ya es prueba de su no perdida condición auroral el que FN, a quien tal cosa le sucedió, no se despedazara en el caos, como a tantos sucede y aun algunos llegan a encontrar indecible posibilidad de encontrarse en el caos mismo como en casa propia.

Es más bien el músico el que, cuando no logra transformar su caos inicial en el orden musical, desvaría y es presa de una tortura sin límites: así le sucedió , a lo que sé, a Schumann, al que el sacrificio de amor que le ofreció su esposa, Clara -que renunció al amor que tenía con Brahms-, no apaciguó su locura, a no ser que lo hiciera más allá de la muerte.

La aurora no rompió a FN, ni en su ser, ni en su entender, ya que cuando, en esta su infancia, entendía algo de filosofía era sonriendo balbuciente y a través del filósofo al que siempre admiró sobre todos: Spinoza. Había, pues, una continuidad en su locura con su más auténtico sentir y pensar. Esa oscuridad, pues, que conserva la continuidad del pensamiento, está bien lejos de ser la plena oscuridad. Hace pensar más bien en un alba que se oculta para en seguida reaparecer, y seguiría reapareciendo a través de la oscuridad de tantas vidas, si por acaso se le hubieran dado a esa criatura, Nietzsche.

María Zambrano, De la aurora
Transcripción de Carmen Blázquez para Factor Serpiente

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