11 mar. 2007

Álvaro Quintero Mejía - Crepúsculo de sombra

Reía sin saber del animal que dormía a mi lado. Se alzaba del humus de la selva un sol de quinina, imponiendo al camastro vegetal la seducción de la fiebre. Marchaba sin avanzar por la división de lodo. Grandes voces y riadas de gritos acosaban el casco de las uñas. Pobres vientos imputaban el manual de presagios. Pequeñas lesiones en la mandíbula estimulan al sordo monólogo. Confiaba en la indiferencia del eucalipto y en la temeridad de la alturas para seducir al Lazarillo de luz a un crepúsculo de sombra. Me sentía inmaculado, adúltero a medida que hablaba y tropezaba con el resplandor antiguo de un dios amargo. Me sabía confuso y lanzado hacia mí mismo, Selva abajo. El grito se tornó en tributo ofrecí en el descanso del bramido la prolongación de la vagina en la cicatriz abierta de la caries. Conocí en la temeridad impuesta el acoso de la desnudez pulcra, la devoción con la que los instructores de intimidad roen y perfilan la educción sentimental de un futuro puñado de agonía. Abandonado a la quemadura del frío aguardé el porte inmóvil del agua, la lascivia proverbial del quién se sabe que se hunde.