A la salud de la serpiente (René Char)

31 de marzo de 2007 ·

I

Canto el calor con rostro de recién nacido, el calor desesperado.

II

A la vez que el pan que parte el hombre, ser la belleza del alba.

III

Aquel que se confía en el girasol no meditará dentro de la casa.
Todos los pensamientos del amor serán sus pensamientos.

IV

En el círculo de la golondrina una tempestad se informa, un jardín
se prepara.

V

Habrá siempre una gota de agua para durar más que el sol sin que el
ascendiente del sol sea quebrantado.

VI

Produce aquello que el conocimiento quiere mantener secreto, el
conocimiento con sus cien pasadizos.

VII

Aquello que viene al mundo para no perturbar nada no merece ni
consideraciones ni paciencia.

VIII

¿Cuánto durará esta falta del hombre, agonizante en el centro de la
creación porque la creación lo ha despedido?

IX

Cada casa era una estación. Así se repetía la ciudad. Todos los
habitantes juntos sólo conocían el invierno, a pesar de su carne
recalentada, a pesar del día que no se iba.

X

Eres en tu esencia constantemente poeta, constantemente estás en el
cénit de tu amor, constantemente ávido de verdad y de justicia. Es
sin duda un mal necesario que no puedas serlo asiduamente en tu
conciencia.

XI

Harás del alma que no existe un hombre mejor que ella.

XII

Mira la imagen temeraria donde se baña tu país, ese placer que te ha
escapado, por mucho tiempo.

XIII

Numerosos son aquellos que esperan que el escollo los subleve, que
el fin los atraviese, para definirse.

XIV

Agradece a aquel que no se ocupa de tu remordimiento. Eres su igual.

XV

Las lágrimas desprecian a su confidente.

XVI

Queda una profundidad mensurable allí donde la arena subyuga al
destino.

XVII

Amor mío, poco importa que yo haya nacido: tú te vuelves visible en
el lugar donde yo desaparezco.

XVIII

podés caminar, sin engañar al pájaro, desde el corazón del árbol
hasta el éxtasis del fruto.

XIX

Lo que te recibe a través del placer no es sino la gratitud
mercenaria del recuerdo. La presencia que has elegido no produce el
adiós.

XX

No te curves sino para amar. Si mueres, amas todavía.

XXI

Las tinieblas que te infundes están regidas por la lujuria de tu
ascendiente solar.

XXII

No hagas caso de aquellos a cuyos ojos el hombre pasa por ser una
etapa del color sobre la espalda atormentada de la tierra. Que ellos
devanen su largo memorial. La tinta del atizador y el rubor de la
nube no son sino uno.

XXIII

No es digno del poeta abusar de la credulidad del cordero, investir
su lana.

XXIV

Si habitamos un relámpago, es el corazón de la eternidad.

XXV

Ojos que, creyendo inventar un día, habéis despertado al viento, qué
puedo yo por vosotros, yo soy el olvido.

XXVI

La poesía es, de todas las aguas claras, la que se demora menos en
los reflejos de sus puentes.
Poesía, la vida futura en el interior del hombre recalificado.

XXVII

Una rosa para que llueva. AL final de innumerables años, ése es tu
deseo.



RENE CHAR, en "La fontaine narrative"

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