28/3/2007

La noche interminable, cuento de Julio Páez.

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Es una noche que vuelve, que no termina de ser y aniquilarse para dar paso al nuevo día; que es convocada por acciones mínimas: el sonido de un avión, un portazo, el aullido del viento en una tormenta, ciertos fulgores del crepúsculo.
Una noche atravesada por alucinantes trazadoras buscando su frágil objetivo,
y obuses fragmentando piedras, huesos y tripas; devorando el aire imprescindible.
La mierda, el sudor, la cordita y el olor del metal caliente son los olores dominantes. Y el estruendo y los gritos desesperados.
Luis trata de ordenar sus percepciones para zafar de esa noche, para ser otro, para vivir; y salta de pozo en pozo para escurrir su cuerpo de la muerte cercana.
Los obuses cesan y sólo se escucha el tableteo de las ametralladoras y la seca detonación de los fusiles automáticos; Tomás dispara hacia la noche y Luis se arroja junto a él y abre fuego; son pocos minutos los que permanecen echados en la tierra codo a codo, los suficientes para ver como siluetas acechantes caen y para convertirse en blanco de las ametralladoras británicas. Se ponen de pie y corren y vuelven a echarse en el barro y de nuevo disparan.
Los obuses vuelven a caer, retroceden, Tomás tropieza y el obús cae sobre él, la fuerza de choque golpea a Luis en la espalda y lo eleva unos metros,
cae y cree escuchar los lamentos agonizantes de Tomás pero sabe que es imposible; como puede se pone de pie y comienza a correr para alejarse, para salir de esa noche templada por demonios, corre, corre por diecinueve años y a menudo cree dejarla atrás pero todos sus intentos son vanos y hoy sabe que la despedida exige un gesto definitivo. Lleva el cañón de la pistola a la sien izquierda, sonríe y presiona la cola del disparador.

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