12 mar. 2007

George Steiner - "Ya no podemos imitar a Dios"

CITA CON GEORGE STEINER

"Ya no podemos imitar a Dios"



En momentos en que Occidente se deshizo de su bagaje teológico, el autor de "Después de Babel" afirma que ya no hay lugar para la pasión creativa y que el futuro del arte será pura invención.


MARTIN SCHIFINO, en Cambridge.

Mediodía de verano en un pub de Cambridge. George Steiner, el ensayista en la mejor tradición del humanismo europeo —uno de los pocos de su clase que quedan—, el obsesionado por las sombras de occidente, un "terminalista", para usar su filosa definición, está contado un chiste: "Dios les dice a los hombres que está harto de tanta barbarie y que en diez días habrá un nuevo diluvio. El cura reúne a su grey y los insta a rezar por la misericordia del Señor. El pastor protestante dice que habrá que saldar las cuentas, dejar todo en orden y resignarse a la providencia. El rabino dice, ''¿Diez días? Tiempo de sobra para aprender a respirar bajo el agua.''". En un sentido profundamente judío, con el énfasis en la supervivencia, el chiste trasunta un fuerte vitalismo. Y Steiner, nacido en París, hijo de judíos vieneses, educado en el mundo, pero sobre todo un sobreviviente al Holocausto, recuerda de muchas maneras al rabino.

El hombre de tres lenguas maternas, sin preferencia, extraña enormemente la enseñanza desde que se jubiló, pero menciona con entusiasmo las conferencias que dictará o acaba de dictar en Lisboa, Salamanca, Siena, Harvard, Marruecos, Veracruz. Espera, dice, un renacimiento filosófico y habla con entusiasmo de la enorme reserva de energía intelectual que son México, Irlanda, España.

Son las once de la mañana, en su casa de Cambridge. Tiene un jardín lleno de flores y juegos infantiles (sus nietos están de visita), a la entrada de una construcción circular cubierta de ventanas. Probablemente esa parte de la casa haya sido un vivero antes de ser su estudio. Adentro hay libros, un escritorio, una máquina de escribir; la versión moderna de la torre de Montaigne. La hospitalidad de Steiner nos lleva luego a su biblioteca ("una de ellas; tengo cuatro, como comprenderá"). Invita animadamente a husmear en sus "tesoros": una traducción de Ficciones al francés firmada por Borges ("pasó una noche en esta casa"), un libro de la biblioteca de Kafka firmado por Kafka ("existen sólo tres copias"), primeras ediciones de Heidegger y Wittgenstein, una tarjeta de felicitaciones del "Dr. Profesor" Freud a Steiner padre y su esposa en el día de su boda ("si uno es Freud, ¿para qué hacer alarde del Dr Profesor?"). Sugiere ir a un pub. "Otro día le muestro más, hay muchos tesoros en esta casa".

Durante el almuerzo en un pub cercano, Steiner sigue contando anécdotas y haciendo preguntas ("¿puede explicarme en cuatro palabras qué sucedió con la Argentina ?"). Menciona más conferencias y yo pierdo la cuenta de las ciudades. Nos adentramos en su último libro, Gramáticas de la creación, y hacia atrás, en los ensayos de Sobre la dificultad, que acaba de salir en castellano. Y concluye: "si es cierto que, como me dijo una vez el biólogo Francis Crick, el ego es una cuestión de química, estamos en problemas". Terminado el café, me lleva al centro de Cambridge y sugiere que pasee un rato. "Hasta la vista", dice en español al despedirse, cuando me bajo de su coche. Es un momento intenso, extrañamente emotivo. Uno tiene la sensación de haber mirado a los ojos a la Historia. Steiner arranca y el verano inunda las calles de Cambridge.

—Gramáticas de la creación es un resumen y una recapitulación de sus preocupaciones pasadas. ¿Qué lo llevó a orquestar este diálogo con la propia biblioteca?

—Es que he tenido el privilegio de estar cerca de algunos de los grandes creadores de nuestro tiempo: escritores, pintores, compositores. Y siempre he tratado de entender dónde está el secreto, cuál es el misterio de la poiesis (creación y poesía), cómo es que incluso la mayor inteligencia crítica o analítica pertenece a otra clase que la del creador. Cómo funciona la explosión de sinapsis cerebrales durante la creación, no lo sabemos. Algunos psicólogos y científicos cognitivos creen que resolverán este problema. Yo me mantengo escéptico... El pequeño Paul Klee, a los seis años, fue de excursión con su curso; la maestra les dijo que dibujaran un acueducto, un tema muy aburrido. Todos los niños dibujaron un acueducto, pero Paul Klee puso un zapato en cada columna: el acueducto caminaba. Debido a ese milagro perceptivo, desde ese día todos los acueductos caminan. Picasso iba por una calle de París y se topó con un niño andando en triciclo. Picasso le sacó la silla al triciclo, lo dio vuelta y de repente éste se convirtió en un toro, con el manubrio haciendo de cuernos. Millones de personas se han topado con niños en triciclos, y sin embargo nadie antes había visto el toro. La tarde antes de la première de Rigoletto se acercaron a Verdi y le dijeron: "El tenor amenaza con abandonarnos porque no tiene un aria en el último acto". Verdi dijo: "Es un idiota. ¡Cualquier basura le vendrá bien!", y garabateó en el revés de un sobre La donna è mobile, furioso, diciendo que no era necesario, que era kitsch. Un día después todos los cantantes populares de Italia cantaban La donna è mobile. Y esa melodía no ha dejado de obsesionar a la mente humana. Pues bien, quería comprender cuál es la diferencia entre un gran momento de invención y el milagro o el misterio de la creación. No he resuelto el problema, por supuesto; pero he tratado de hacer un cálculo estimativo. Y creo que, en occidente estamos entrando en un período de pura invención. Quizás no vuelvan a darse esos grandes momentos de creación en música, literatura o pintura, ahora que hemos abandonado nuestro bagaje teológico. Mucha gente no está de acuerdo. Pero mi sensación es que ni la Capilla Sixtina , ni El rey Lear, ni la Misa Solemnis pueden existir si, de una manera u otra, no se formula la pregunta acerca de Dios. Hace poco visité el Guggenheim de Frank Gehry en Bilbao: imponente. Una gran invención pero quizás falto —quizás, es sólo una idea— de cierta confianza en la mimesis, en imitar a Dios, que es lo que hace un creador. El problema que me interesa es qué sucede cuando esta metáfora operativa pierde fuerza.

—"No nos quedan más comienzos" es una frase bastante desalentadora para abrir un libro. ¿Realmente cree que no hay artistas que comienzan otra vez y que algunos comienzos han sido liberadores?

—Es una exageración retórica de mi parte. ¡Los científicos dirían que tengo una todos los lunes a la mañana! Lo sé. Pero perdimos el sentido de los comienzos, el incipit latino, o de la primera oración de Anna Karenina, de En busca del tiempo perdido, de Proust, o de Moby Dick, su "Llámenme Ishmael". Casi crean un mundo nuevo. No nos quedan muchos de esos, ¿no cree?

—Usted menciona el libro hecho de citas que imaginó Walter Benjamin, aunque dice que carece de originalidad para escribirlo. Gramáticas es de todas formas un libro de una profunda síntesis. ¿Qué tan importante es para usted este modo de pensar?

—Pagué muy caro por ello. Los especialistas no cometen errores. Yo cometo errores; lo sé. Un gran lingüista de Harvard escribió una fantástica reseña acerca de Después de Babel que empezaba: "Este es un libro muy malo, pero por desgracia es un clásico". Le escribí para decirle, "muchas gracias, la verdad que me conformo con eso". Y él me contesto, "déjeme que le explique. Ninguna persona debería escribir Después de Babel por su cuenta. Debería ser un trabajo de equipo: foniatras, psicólogos, etc". Pero personalmente prefiero una visión personal imperfecta al más autorizado trabajo de equipo. Sigo creyendo que en mi campo únicamente lo que uno hace en soledad, realmente solo, es digno de hacerse. Quizá sea una visión muy pasada de moda, una obsesión romántica. Hoy en día vivimos en época de la especialización más y más diminuta. Y en las humanidades esto es catastrófico, dado que éstas no tienen fronteras naturales. ¿Cómo puede uno leer a Proust sin tener en cuenta la filosofía, la teología, las ciencias (Proust está lleno de ciencia), sin conectarse apasionadamente con la música y la pintura, con cuestiones políticas como el caso Dreyfus, con la cuestión del antisemitismo? La lista es interminable.

— En relación con esto y con uno de sus temas clave —el vínculo entre las ciencias y las humanidades—, ¿encuentra a algún artista o académico con una visión interesante sobre las ciencias? ¿Cuál es su experiencia personal de la dos culturas?

—Mis primeros estudios, en Chicago, fueron parcialmente en matemáticas y física. Tenía la esperanza de convertirme en científico. Al terminarlos, pues, fui a ver a mi tutor. Me mostró mis exámenes y me dijo: "Tienes un summa cum laude, la calificación más alta. Pero técnicamente eres un idiota. Debido a tu educación europea aprendiste todas las fórmulas de memoria. No hay ni una chispa de verdadera comprensión matemática en tus exámenes". Quedé hecho pedazos. Unos años después, cuando aparecieron por ejemplo Watson y Crick, quizás me hubieran dicho, "no puedes dedicarte a la física; pero habla con los biólogos, que no exigen matemáticas creativas". No entonces, en el 48 o el 49. Había un cartel en la universidad de Chicago: "Física nuclear o a lavar copas". Así de radical. Entonces me incliné a la literatura y las humanidades. Irónicamente, al Instituto de Princeton y al Churchill College me llamaron por mi interés paralelo en las ciencias.

—Una de las preguntas que usted se hace en Sobre la dificultad,en relación con Dante parece más urgente que nunca: "¿Es posible recuperar en la lengua vernácula las enormidades proliferantes de la biología, la física, la medicina, la cosmología?"

—Muchos de los más grandes escritores, Musil, Thomas Mann, Borges de muchas maneras, se interesan instintivamente por las ciencias. Pero, lo siento, hace falta hacer la tarea. Y la literatura se ha vuelto terriblemente perezosa. No es posible entender nada esencial acerca del mundo moderno sin al menos olfatear lo que significa dedicarse seriamente a las ciencias. Pero es mucho más fácil escribir la millonésima novela sobre adulterio en Londres que tratar de comprender. Hay ahora tres grandes fronteras: la creación de la vida en condiciones de laboratorio; el entendimiento de la consciencia neurofisiológicamente hablando; y la teoría "acerca del todo" (theory of everything) de Stephen Hawking. Cada una de ellas influenciará la ley, la ética, la metafísica. Pero nadie parece interesarse por lo que nos depara el futuro. La culpa es también de los científicos, que no nos lo explican porque están muy ocupados. Hay grandes excepciones, claro. Bertrand Russell lo intentaba, aunque no era un científico. Uno desearía que, a la vuelta de Estocolmo, se tomaran un poco de tiempo y ayudaran. Las fronteras, en cierto sentido, están empezando a cambiar. Pensando en el arquitecto Frank Gehry, Bilbao está en la encrucijada de la ciencia de materiales (la física del titanio), matemáticas muy sofisticadas acerca de las curvas elípticas, la función poética y la función sociológica de un museo. ¡Chapeau! Si yo pudiera empezar de nuevo me gustaría aprender música y arquitectura. Porque eso es lo que ya estaba en Platón: "todo se trata de música y geometría". En este sentido, el rumbo que toman algunas artes hoy día es muy apasionante. Pierre Boulez habla de sus composiciones en términos de grupos algebraicos (algebraic clusters). Dice que no es necesario entenderlos para disfrutar la música, pero que si a uno le interesa puede apreciarlo de cerca, analizarlo.

—En uno de los ensayos de este libro, usted ve en Dante al último exponente de una tradición en la que las ciencias, la metafísica, la teología y las artes permanecían indisociadas. Lo llama nuestro meridiano. ¿Situaría a Dante en el centro del canon en vez de a Shakespeare, para usar la frase de Bloom?

—Nunca usé esa expresión: eso es propaganda norteamericana. ¡Los norteamericanos quieren tener el Top Ten de todo! Pero déjeme que le cuente una anécdota importante. Estaban entrevistando al General De Gaulle y le preguntaron: "¿Monsieur President, cuáles son los tres más grandes escritores europeos?" Respondió: "Obviamente, Goethe, Dante, Chateaubriand". El periodista casi se desmaya de sorpresa: "No mencionó a Shakespeare". "Usted dijo ''europeo''". En efecto, hay en la genialidad universal de Shakespeare algo profundamente inglés. Por supuesto nadie se compara con Shakespeare. Y sin embargo, él carece de una dimensión filosófica o sociológica. No tenemos la menor idea en qué creía. Nada, nada. En su negativa a manifestar alguna creencia, encuentro algo inhumano. No sólo supra-humano, sino inhumano. De ahí que Wittgenstein no lo aceptara. O que muchos grandes pensadores no lo aceptaran. Platón hubiera odiado a Shakespeare, envidiado y odiado. Enseñé Shakespeare toda mi vida, en la universidad de Ginebra. Pero al fin y al cabo —y eso es parcialmente una cuestión de edad, tengo ahora setenta y tres años— uno empieza a economizar, a quedarse con lo esencial. No paso una semana sin leer a Dante, o Proust, ciertas parábolas de Kafka, los poemas de Hölderlin y Paul Celan.

—Todos estos escritores profesaban una gran fe por el lenguaje. El tema es central en Gramáticas. ¿Qué es lo que está reemplazando esta fe, en su opinión?

—Ya no tenemos acceso a eso. Para empezar, las matemáticas no pueden traducirse a palabras. Y, lo siento, pero un noventa y cinco por ciento del pensamiento actual es matemático o metamatemático, como en física, en lenguajes informáticos, etc. Segundo, las palabras están gastadas debido a los medios de comunicación, al kitsch y la barbarie en la que vivimos inmersos. Muy pocos son capaces de crear nuevas expresiones. Shakespeare creó miles. Proust lo hizo con la gramática francesa. Quizás fue una de las últimas veces en que se pudo crear un mundo basado en nuevas formas gramaticales.

—De hecho, usted llama a esta gramática un in memoriam de los futuros perdidos. Uno no puede evitar sentir cierta melancolía...

—Sí, claro. Quizá sea porque ya no puedo seguir mucho de lo que está considerado importante. O porque nadie se interesa por las cosas que yo amo profundamente. Quizás es que perdí el tren. No comprendí en su momento que el rock revolucionaría la cultura. Disfruto mucho del cine pero nunca lo he estudiado. Me resulta una forma de arte efímera, incluso las grandes películas. No asimilé lo que la televisión le hizo al mundo —no soy McLuhan—. No soy un filósofo de los new media. Los franceses ahora han creado una nueva palabra, la mediología. Y hasta tienen departamentos de mediólogos en las universidades. Ha habido agudos observadores de la cultura popular —George Orwell es un ejemplo— pero yo no podría haber escrito un ensayo sobre historietas. Por supuesto, tuve una visión limitada. Y ahora, con la edad, se convierte en una visión atemorizada, furiosa, debido a la barbarie imperante. Si tuviera cuarenta años menos, empezaría de nuevo, trataría de comprender la médiologie. Ahora es demasiado tarde. Preferiría hablar de lo que queda por hacer.

—¿En qué trabaja en este momento?

—Estoy escribiendo el que será mi último libro, basado en las Norton Lectures que di en Harvard. Se llamará The Lessons of the Masters, un título tomado de Henry James a manera de homenaje a Harvard. Es la primera vez, créame, que alguien se dispone a tratar el tema. Hay tres fórmulas básicas: el maestro mata o destruye al estudiante; el estudiante mata o destruye al maestro; y muy raramente se da la confianza y el intercambio de aciertos y errores, el gran milagro de la transferencia. Para cada categoría he estudiado ejemplos importantes en música, pintura, literatura, filosofía... Estoy tratando de concentrar cincuenta y dos años de enseñanza. Amé la enseñanza; es algo que extraño terriblemente. Y quiero entender el misterio de un gran seminario, sea un simposio de Platón, la última cena de Jesucristo, o las clases de Hegel, entender cómo funcionan las interacciones de la ambición humana, los deseos, la envidia, la traición... Estudié en detalle la terrible historia de Husserl y Heidegger, acerca de la cual aún se ignora mucho. En cartas tempranas Husserl dice: "Encontré a mi hijo, al hombre que completará la fenomenología". Y después usted sabe lo que pasó. Al mismo tiempo uno encuentra a Heidegger escribiéndole en privado a sus amigos sobre el "viejo cerdo de Husserl". Quizás Heidegger tenía que hacerlo para ser Heidegger...

—¿Será este libro, de alguna manera, una reflexión personal sobre su vida como profesor?

—Sí, la importancia de la relación maestro-alumno fue enorme. Tuve cuatro alumnos mucho más capaces que yo. Cuando estuve recientemente en Harvard, las oficinas de dos de ellos estaban al lado de la mía. Tuve también un estudiante brillante que me traicionó, burlándose y atacándome. Aunque quizás mi estudiante más brillante fue una joven de quien no doy detalles en Errata, mi autobiografía, pero de quien ahora puedo hablar. Era una muchacha tremendamente tímida. Fue la primera de su clase en Literatura inglesa. Cuando terminó el año entró en mi despacho y me dijo: "Vengo a decirle que lo odio, que odio todo lo que me enseñó; es basura burguesa. Soy maoísta y voy a unirme a los doctores descalzos, en China, para hacer algo bueno por este mundo". Un momento muy difícil. Pero la respeto completamente. Porque si uno vive su pasión es suficiente. He tenido todo tipo de relaciones, pero ahora tengo una gran familia de estudiantes que se convirtieron en profesores: nos mantenemos en contacto y nos reencontramos cuando visito sus universidades. Tuve mucha, mucha suerte. Recuerde que rabino en hebreo significa sólo maestro. Nada más que eso, maestro.