7/3/2007

Friedrich Nietzsche - La mujer griega

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Así como Platón nos hizo patente la finalidad del Estado despojándola de todos sus velos y nubes, comprendió también con la misma visión profunda la situación de la mujer helénica respecto del Estado; en ambos casos consideró todo lo que alrededor de él se movía como copia de las ideas eternas a cuya comprensión había llegado y ante las cuales la realidad sólo era para él una imagen oscurecida, un espejo empañado. Quien, siguiendo la preocupación general, considera la posición de la mujer en Grecia como poco digna y contraria a las leyes de la humanidad, habrá de reprochar a Platón este mismo concepto; pues no hace sino justificar lógicamente lo que ya existía en la práctica. Por consiguiente, aquí hemos de repetir nuestra pregunta: la condición de la mujer griega ¿no guardaba una relación necesaria con el ideal del pueblo griego?

Porque, en efecto, hay una fase en la concepción platónica de la mujer que está en abierta oposición con las costumbres helénicas. Platón concede a la mujer una completa participación en los derechos, en los conocimientos y deberes de los hombres, y considera a la mujer como un sexo menos fuerte que no puede ir tan lejos como el hombre, pero sin que esta debilidad la pueda privar de tales derechos. A esta extraña concepción no damos nosotros más valor que a la expulsión del artista del Estado ideal; son ligeras correcciones, pequeñas derivaciones de aquella mano, por otro lado, tan firme, y de aquella mirada tan serena, que se turban al recuerdo del venerado maestro; en tal estado de ánimo acentúa las paradojas de aquél y se complace, en homenaje a su afecto, en exagerar su doctrina hasta la temeridad.

Pero lo más incitante que Platón, como griego, pudo decir sobre la mujer fue la escandalosa afirmación de que en el Estado perfecto la familia debe desaparecer. Prescindamos ahora de que para que esta medida se llevara a cabo pidió la supresión del matrimonio, sustituyéndolo por la unión, acordada por el Estado y con fines propiamente estatales, de los hombres más valientes con las más nobles mujeres, para la obtención de una hermosa prole. Pero al decir esto no hacía sino expresar de la manera más evidente, sí, demasiado evidente, con una evidencia ofensiva, una regla de conducta adoptada por el pueblo heleno para la génesis del genio. En las costumbres mismas del pueblo griego el derecho de la familia al hombre y al niño estaba extraordinariamente limitado: el hombre vivía en el Estado, el niño crecía para el Estado y de la mano del Estado. La voluntad griega cuidó de que las necesidades del culto se practicaran en un estrecho círculo. El individuo lo recibía todo del Estado, para luego devolvérselo. La mujer significaba, según esto, para el Estado lo que el sueño para el hombre. El sueño tiene la virtud saludable de reconstituir el desgaste producido por la vigilia, es la quietud bienhechora en que termina todo exceso, la eterna compensación que viene a regular toda demasía. En él sueña la generación futura. La mujer está más estrechamente emparentada que el hombre con la naturaleza, y permanece igual a ella en todo lo esencial. La cultura es para ella siempre algo exterior que no toca nunca al germen eternamente fiel de la naturaleza, por lo que la cultura de la mujer era para el ateniense algo indiferente, cuando no algo ridículo. El que considere esta concepción de los griegos respecto de la mujer como algo indigno y cruel no debe tomar como punto de comparación a nuestras ilustradas mujeres modernas, pues contra ellas bastaría recordar a las mujeres olímpicas, o a Penélope, Antígona o Electra. Ciertamente que éstas son figuras ideales, ¿pero quién podría hallar en el mundo moderno tales ideales? Hay que tener también en cuenta ¡qué hijos dieron a luz estas mujeres y qué mujeres debieron haber sido ellas para dar a luz tales hijos! La mujer griega, como madre, debía vivir en la oscuridad, porque las necesidades políticas juntamente con los más altos fines del Estado así lo exigían. Debía vegetar como una planta, en un circulo reducido, como símbolo de la sabiduría epicúrea. En los tiempos modernos, y como consecuencia de la pérdida total del instituto del Estado, la mujer debía ser requerida de nuevo como auxiliar. Su obra es la familia como expediente para el Estado, y en este sentido también el fin artístico del Estado había de rebajarse al de un arte doméstico. De aquí también que nuestras artes hayan concebido la pasión amorosa como el único campo completamente accesible a la mujer. Y por esto mismo considera la educación doméstica como la
única natural, y la del Estado como un ataque a sus derechos, que soporta a regañadientes; y todo esto con razón tratándose del Estado moderno. La esencia de la mujer sigue siendo la misma, pero su poder es diferente según la posición del Estado con respecto a ella. Tiene ciertamente el don de compensar en cierto modo las lagunas del Estado, siempre fiel a su condición, que he comparado con el sueño. En la antigüedad helénica aceptaron la posición que les indicaba la suprema voluntad del Estado, y, sin embargo, gozaron de una soberanía de que no han vuelto a gozar. Las diosas de la mitología griega son su imagen reflejada: la Pitonisa y la Sibila, así como la socrática Diotima, son sacerdotisas por cuya boca habla la sabiduría divina.

Ahora se comprende que la altiva resignación de las espartanas ante la noticia del hijo muerto en la guerra no es ninguna fábula. La mujer se sentía en su puesto con relación al Estado; por eso mostraba una dignidad que no ha vuelto a sentir. Platón, que al suprimir la familia y el matrimonio acentuaba aun más aquella posición de la mujer, siente tanto respeto ante ellas, que se vio seducido de extraño modo a devolverles el rango que les correspondía por una ulterior declaración de la igualdad de posición con respecto al hombre. ¡El más alto triunfo de la mujer antigua, haber seducido a los sabios!

Mientras el Estado permanece aún en un período embrionario, prepondera la mujer como madre y determina el grado y la índole de la cultura, de igual manera que está destinada a completar el Estado destruido. Lo que Tácito dice de las mujeres alemanas: inesse quin etiam sanctum aliquid et providum putant nec aut consilia earum aspernantur aut responsa neglegunt, se puede aplicar en general a todos los pueblos que no han llegado a constituir Estado. En tales estados se siente más ahincadamente lo que se vuelve a sentir en todas las épocas: el instinto invencible de la mujer como protectora de las futuras generaciones, porque en ellas la naturaleza nos habla de sus cuidados para la conservación de la especie. La intensidad de esta fuerza intuitiva estará determinada por la mayor o menor consolidación del Estado: en los momentos de desorganización y de arbitrariedad, en que el capricho o la pasión del hombre individual arrastra a tribus enteras, la mujer se levanta repentinamente como profetisa admonitora.

Pero también en Grecia hubo siempre el temor de que el instinto político terriblemente exacerbado pulverizara los pequeños Estados antes de que éstos hubieran conseguido sus fines. En este caso la voluntad helénica forjaba siempre nuevos instrumentos para predicar la llaneza, la cordura, la moderación; pero sobre todo la Pitia fue la que encarnó como ninguna aquel poder de la mujer para equilibrar el Estado. Del hecho de que Grecia, a pesar de estar tan disgregada en pequeñas estirpes y comunidades estatales, era en el fondo una, y en su desdoblamiento no hacía sino resolver sus propios problemas, es la mejor prenda aquel maravilloso fenómeno de la Pitonisa y el oráculo de Delfos; pues siempre, mientras el genio griego elaboró sus obras de arte, habló por una boca y como una Pitonisa. Y aquí no podemos callar nuestro presentimiento de que la individuación es para la Voluntad una gran necesidad, y que ésta, para realizar cada individuo, necesita una escala infinita de individuos. Es verdad que sentimos el vértigo ante la conjetura de si la Voluntad, para convertirse en arte, se ha vaciado en estos mundos, estrellas, cuerpos y átomos; pero en todo caso debemos ver claramente que el arte es necesario, no para los individuos, sino para la Voluntad misma, sublime perspectiva sobre la cual ya nos será
permitido en otra ocasión arrojar una mirada desde otro punto de vista.

Fragmento inédito, año 1871 (única referencia bibliográfica disponible)


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