11 de mar. de 2007

Esther Mercedes Pérez Gayol - La mujer del Justo

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Amanecía cuando entraron en Segor.
El hombre caminaba delante y con la cabeza cubierta le hablaba a su Dios.
-¿Hay en toda la Tierra una ciudad de hombres justos? Guíame hacia ella y dadme buena compañía ¡oh Dios de los fuertes!
Le seguía su mujer y cien pasos más atrás, las dos hijas.
La gente se agrupaba para verlos pasar.
-Vienen de Sodoma, la maldita.
Un hombre se acercó.
-¿Es cierto lo que de allí se dice?
-Cierto –respondió el Justo. –Y más aún.
-¿Así hablas de tu tierra?
-Yo no era de allí.
-¿Y tu mujer?
-Ella sí
-¿Y tus hijas?
-Ellas también.
-¿Y eso no te mueve?
-No me mueve.
Las mujeres se codeaban unas a otras y murmuraban:
-Ellos vienen de allí, de allí, de Sodoma.
La mujer mientras tanto miraba la tierra calcinada que hería sus pies y pensaba:
-Nunca más volveré a pisarte tierra maldita de mi amada Sodoma.
Una anciana vestida de harapos la aferró por el hombro.
-No viste a mi hijo? Se llama Jacob y es parecido a mí.
La mujer escudriñó la cara de barro seco y recordó. El Justo acostumbraba decir que la gente de Sodoma no se parecía a nadie.
Olvidó a la anciana y se acercó al marido.
-¿Dónde asentaremos la planta?
-No te preocupes. Jehová decidirá.
Y siguieron caminando con paso lento.
Las hijas cerraban la marcha. Vestían lujosamente y miraban a la gente con altivez.
-¿Dónde conseguiremos otros prometidos dignos de nosotras?
-Pregúntaselo a Jehová.
-Jehová no responde a las mujeres.
A espaldas del grupo se oyó un retumbar lejano.
La mujer volvió a acercarse al marido.
-¿Qué pasa detrás de nosotros?
-Es la mano de Jehová que destruye Sodoma. Por tu vida no vuelvas la mirada.
-¿Y nuestra casa?
-De Jehová era la casa.
-¿Y la fuente del patio?
-De Jehová eran la fuente y el patio.
-¿Y aquella gente que vivía en nuestra calle?
-Mala gente. Olvídala.
-¿Y aquellos jóvenes que se divertían al anochecer?
- Ya nadie se divierte en Sodoma.
La mujer seguía hablando cada vez en tono más bajo, como en un susurro.

-Yo nací allá.
-Mal lugar para nacer.
(¿Alguna vez había sido suyo aquel hombre?)
-Aquella gente me crió con amor.
-Pecadores. Aborrécelos.
(¿Alguna vez había amado a aquel hombre?)
El Justo bajó la mirada y apresuró el paso.
La mujer se detuvo y lo vio alejarse sin pena alguna.
Vio pasar a sus hijas y las llamó; pero ellas no la oyeron.
Tampoco ahora sintió pena. Sólo cansancio.

Allá lejos, el Justo había vuelto a cubrirse la cabeza y conversaba con su Dios.

A solas, la mujer se sintió por fin liberada y en paz. Ya nadie podía obligarla a renegar de su tierra. Y lentamente, muy lentamente, giró la cansada cabeza y miró por última vez aquella ciudad condenada a la destrucción.


Esther Mercedes Pérez Gayol
Buenos Aires, 2002

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