10 de mar. de 2007

Esther Mercedes Pérez Gayol - Friso egipcio

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Desde el balcón del palacio, Saray observa el regreso del ejército egipcio. Se apoya contra una de las columnas y con la mano trata de protegerse los ojos del reflejo del Sol. Hace un mes que espera este momento. Y que lo teme.
Largamente la fila de guerreros macilentos, de esclavos costilludos, de burros y de carros, se estira por el camino hasta quebrarse en el horizonte; pero a ella no le impresiona. Sólo está pendiente de un hombre. De uno solo. Del único. Cierra los ojos y lo recuerda todavía vigoroso y tibio entre sus brazos.

El faraón va erguido sobre su carro; el enorme arco firmemente afirmado con la diestra. A la puerta del palacio lo esperan el Visir y el Sumo Sacerdote. Ambos hombres se prosternan, se doblan, se pliegan hasta que las frentes tocan el polvo. Luego se enderezan lentamente como lo manda el protocolo. El Visir respira hondo, entra el estómago y comienza a hablar; pero el Faraón no está para panegíricos. Con un movimiento enérgico de la mano interrumpe en seco el discurso y se lanza hacia las sombras del pórtico entre los mirones que le dejan paso. Ruge entre las columnas. Las preguntas restallan como latigazos. El Visir responde pausadamente; el Sumo sacerdote, con las manos cruzadas sobre el pecho desnudo, asiente.
Todo lo que el faraón ya sabe por los mensajeros, es confirmado punto por punto: la muerte de la reina, la enfermedad misteriosa del preferido y el desastre de la última cosecha.
El cuadro es desolador; la lengua más entusiasta no puede mejorarlo. Y si a esto se agrega la última derrota y la esperada invasión de los hicsos, casi no queda lugar para más desgracias.
El Faraón apoya sus dos manos sobre los hombros del Sumo Sacerdote. Algo ha tenido que pasar para que los dioses lo hayan desprotegido de esa manera. Una ofensa. Seguramente una ofensa. Y muy grave.

El faraón llega a su cámara y apoya el pesado arco contra la pared. Ya está en casa. La guerra ha terminado por hoy. Ha sido dura. Una severa experiencia sobre la que habrá que meditar. Estira los brazos y fricciona las exigidas muñecas. El barbero y los tres sirvientes principales esperan inquietos la tan ansiada orden que los hará levantar del suelo. Tratan de distraerlo y parlotean como aprendices. El faraón sonríe.
Los cuatro hombres no pierden el tiempo: fuera la arena, fuera el propio sudor y la sangre enemiga, fuera el polvo negro de los ojos, fuera los mechones sobre los ojos.
Limpio, peinado frotado con incienso, el faraón parece un adolescente aunque ya no lo es. Viste el taparrabo corto de las mañanas; el lino blanco parece más blanco contra el bronce de las piernas.
No se queda quieto; recorre la estancia a lo largo y a lo ancho mientras un escriba toma el dictado. El Faraón se acerca, se aleja, vuelve a acercarse. Se diría un vigoroso felino acechando a su víctima.
Rechaza el cofre de las alhajas sin abrirlo siquiera. Hoy no. Le calzan las sandalias y le cubren la cabeza con el nems blanco rayado de rojo.
Ya puede recibir.

Las puertas se abren y entran dos esclavos nubios portando una silla con el príncipe Paheri. El médico cierra la marcha, majestuosamente. El muchacho tiene doce años pero aparenta ocho. Los ojos hundidos, la boca triste, las piernas como dos lanzas quebradas.
El Faraón lo alza y lo acerca a la luz para observarlo mejor. Aunque no es el primogénito, es su preferido y no lo oculta. Por encima del pequeño hombro interroga con la mirada al médico expectante que extiende los brazos. Todo lo posible ha sido intentado; nada se puede contra la voluntad de los dioses.
El Visir se acerca y elogia calurosamente los progresos del príncipe en el manejo del arco y aunque el buen hombre es un artífice mintiendo, nadie se engaña.
El Faraón simula estar muy complacido.
El barbero payasea alrededor de la carita apergaminada. ¿Cómo quiere hoy la barba, Su Majestad? ¿Cuadrada? ¿En punta?
El chico no tiene fuerzas ni para sonreír y el médico opina que le conviene volver a sus habitaciones.
Cuando la puerta se cierra tras la triste comitiva, el silencio cruza la sala de un extremo a otro como una flecha certera.
El Faraón toma su arco y lo tensa lentamente. Toma la lanza y prueba el filo. Su pensamiento está muy lejos, con los dioses. ¿Por qué Amón? ¿Por qué?
En sus habitaciones, Saray espera. Y esperar es duro. Ha mandado llamar a Hircano para que le cuente del Faraón: cómo está, qué hace, qué piensa. Hircano ha escrito un poema sobre ella y merece toda su confianza.
El poeta se sienta y saborea la cerveza que le han servido.
El Faraón está bien; ha visto al príncipe Paheri –pobre chico-; ha conferenciado con los gobernadores; ha honrado a los dioses; ha conversado con el jefe de los embalsamadores y ha dispuesto todo lo referente a los funerales de la reina.
¿Nada más? Sí. Ha preguntado por ella. En todo momento. Se lo ha preguntado a él, al poeta. Si está tan bella como siempre, si lo ha extrañado, si lo espera.
Saray gime. El Faraón piensa en ella, en ella, que es la causante de todas sus desgracias: la derrota de su ejército, la muerte de la reina, la enfermedad del príncipe, ¡y el desastre de la última cosecha!
Hircano no puede entender; el Faraón, tampoco.
Pero todo es por ella y ella lo sabe. Jehová lo castiga tan duramente porque ella ya es casada, porque Abram es su marido, además de su hermano.
El Faraón tendrá que saberlo muy pronto y Saray tendrá que volver con Abram para que Jehová por fin perdone.
La revelación sacude al poeta. ¿Abram? ¿El nómade? Sí. El mismo. Él es su marido... y también su hermano; pero por temor a perder la vida sólo dijo que era su hermano.
El poeta está realmente interesado. Animal mentiroso y cobarde, el ser humano siempre consigue intrigarlo. ¿Pero como es este Abram en realidad?
Saray tarda en responder:
-Un marido. Sólo un marido viejo.

Ha pasado todo un día desde el regreso del Faraón y Saray todavía no lo ha tocado.
Es una mañana agobiante. El calor y la tristeza lo corrompen todo en el palacio. El príncipe Paheri duerme todavía. Saray no puede esperar más; sabe que le queda poco tiempo y que el plazo ya está vencido.
Deja que la pequeña Sui le calce la toga de lino sobre la túnica transparente y que le peine otra vez el larguísimo cabello.
Un toque más de perfume. Si. Otro más. Y otro de incienso. Y otro de polvo de malaquita sobre los párpados inquietos. Otra mirada rápida al espejo de bronce. Y ya está.
Sola y erguida como una reina se dirige hacia el Gran Salón. A la puerta, los guardias pretenden detenerla. Ella avanza. No ve a la multitud que la rodea, ni oye los murmullos que fermentan a su paso.
Ya frente al Faraón se prosterna en silencio.
Su Majestad sonríe –cómo ama ella esa sonrisa- y despide a los funcionarios que lo cercan, sin mirarlos siguiera –cómo ama ella ese gesto majestuoso de la mano enjoyada-.
Los guardias cierran la puerta tras la última reverencia y en la inmensidad de la estancia, el Faraón extiende los brazos.

Nada existe en el mundo fuera de ellos dos. Nada tiene que existir por hoy, ni las otras mujeres, ni los otros hombres, ni el hambre, ni la enfermedad, ni la muerte. Sólo ellos dos.
Y lo consiguen.
Del otro lado de la puerta cerrada, los guardias inmóviles tratan de adivinar: ahora están sobre el estrado; ahora, sobre el mármol.
Saray retoza como gata y se desliza como gacela. El Faraón es un cazador experimentado; puede inmovilizar a la pieza con un solo movimiento de sus manos poderosas. Y lo hace. Lo hace en silencio, con la gracia y la fuerza de un león joven. Pero sólo por un momento. El pesado pectoral y los inquietos collares pronto reanudan su campanilleo jubiloso. Hasta que cesa por fin.
Afuera, los guardias siguen adivinando: ahora están sobre la estera.
En la vastedad de la estancia, el amor es.
Jehová sigue esperando; su paciencia está por terminarse. Y sólo ella lo sabe.
Saray le ha contado al Faraón toda la verdad sobre Abram. Es fácil hablar cuando un hombro de bronce se ahueca y entibia baja la cabeza. El Faraón ha fortalecido el cerco de sus brazos.
No la dejará ir. No puede hacerlo. No. Ni aunque Jehová lo persiguiera por todo el desierto. Él Faraón de Egipto no se rendirá jamás ante un dios ajeno.
Saray sabe que nada es posible contra la voluntad de Jehová. Y sabe que tendrá que insistir.
-Piensa en Paheri. -Es un chico fuerte. Es mi hijo. Y sanará.
-No sanará. Y serás derrotado otra vez.
-Armaré un gran ejército. Éste será invencible. Mataré yo mismo a cada soldado que retroceda.
-Ningún soldado retrocederá. Todos morirán. Serás derrotado. Totalmente.
Tendría que haber otra salida para convencer a ese Dios. Pero no la hay. La única solución es la entrega de Saray a su marido. Pero es una solución inaceptable.
Ella insiste:
-Todo tu pueblo sufrirá.
La lenta afirmación cae como aceite hirviendo sobre una herida abierta.
-¿Estás segura?
Eso es más de lo que un faraón puede permitirse y él lo sabe.
Egipto es su responsabilidad hasta las últimas consecuencias. En esta particular ocasión su obligación es ceder.
De acuerdo. La dejará ir.
Pero tendrá que ser mañana.

-¿Dónde encontraré otra mujer, Saray?
-¿Dónde encontraré yo a otro hombre?

Precedido por dos varones principales llega Abram a la Sala de las Columnas. Trae cenizas sobre la cabeza y se queja a media voz. Lo han mandado llamar y no sabe por qué. Teme por su vida y teme también por sus bienes.
El Faraón lo espera sentado en su trono.
De pie, a su lado, está Saray. Viste el rústico sayo del desierto. En un cofre cerrado, abandonadas para siempre, han quedado las alhajas, las túnicas transparentes, la toga y las sandalias de oro. Todo lo deja; también la desnudez gozosa del amor.
Abram se arroja al suelo frente al trono. El Farón lo mira largamente y habla por fin:
-¿Qué es esto que has hecho conmigo? ¿Por qué no me declaraste que era tu mujer?Saray observa a su marido que no ha dejado de gemir. Con ese hombre tendrá que marcharse. Los largos días que le esperan se alargan aún más en la imaginación. Los gemidos que está oyendo se harán lamentos en el desierto; lamentos por el Sol y por la sed; lamentos por la gente que vive y por la que ha muerto; por el pasado y por el futuro. La melopea siempre acompañada por los sacudones del mismo asno bajo su cuerpo.
El faraón continúa:
-Porque dijiste: es mi hermana. Por eso yo la tomé para mí por mujer.
Saray lo mira. Todavía lo siente su hombre y está orgullosa de él.
El Faraón luce imponente. Lleva la corona de los Dos Reinos y la barba postiza que lo obligan a mantener erguida la cabeza. Viste el taparrabo de lino y, sobre collares de perlas, el pectoral en forma de fachada de templo.
Pétreo en su trono, trata de no recordar. Pero es difícil.
Ella sigue aún a su lado. Se mantiene firme; pero le tiembla el mentón, imperceptiblemente. Sí. Todavía es la misma mujer que ha despertado esa mañana entre sus brazos. No puede olvidarlo. Todavía la siente tersa y elástica contra su cuerpo; y toda suya.
Pero ya no más.
Ha llegado el momento.
Abram se ha levantado del suelo y espera. Ya no teme. No hay furor en la mirada del Farón. Sencillamente, no hay mirada.
-Ahora pues, he aquí a tu mujer. Tómala y vete.

Amanece en Egipto. Todo está preparado para la marcha. Se oyen risas; los rezagados se apuran. Abram, curvado por los collares, va de aquí para allá organizando la caravana. Los sirvientes se han repartido los asnos con los cántaros, los bultos y los canastos. Los parientes custodian el arca donde viajarán los regalos más valiosos. Los asnos están gordos y las asnas, preñadas. Una esclava canta.
La generosidad del faraón ha hecho próspera y feliz a toda la tribu. No sólo no ha castigado al patriarca, sino que lo ha colmado de valiosos dones.
Egipto ha sido propicio para todos.
Abram da la orden de marchar y la caravana comienza a moverse lentamente como un gato que se despereza.
Saray cierra la marcha. Su larga sombra solitaria se extiende hacia el oeste como una mano suplicante.
Las otra mujeres caminan más adelante sin atreverse a dirigirle la palabra, ni a observarla.
Saray no se ha movido todavía. Se descubre, se postra sobre la arena y apoya la frente sobre su propia sombra, a la manera egipcia.
Ya de pie, azuza al asno que la acompaña y se encamina hacia el desierto sin volver la cabeza.



Refrescando la memoria:
a) Abram y Saray eran los nombres de Abraham y Sara antes del pacto con Dios.
b) Lo escrito en negrita son palabras textuales del Faraón según la Biblia.


Buenos Aires, 2003

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