10 mar. 2007

Esther Mercedes Pérez Gayol - El que regresa

-Yo estuve en las Termópilas.

La confesión de mi socio fue tan inesperada que por un momento me sentí totalmente confundido. Miré por la ventana y me dije que la sorpresa no debía impedirme pensar. Su confesión, con seguridad largamente meditada, impresionaba por lo angustiosa. Yo no debía cambiar de conversación, no podía hacerlo, así que me aventuré:
-¿Reencarnación?
Asintió con la cabeza y levantando el puño de su camisa me mostró una cicatriz con silueta de serpiente.
-El flechazo de un persa. Esta señal siempre reaparece. Para mi desgracia fui el único que salió vivo de aquella carnicería. Me llamaba Aristodemo.

Su discurso fluía fácilmente, con naturalidad, como si estuviera hablando de hechos cotidianos y de una época muy cercana. Yo me preguntaba hasta dónde resistiría mi credulidad, pero tendría que seguir escuchando. Mi socio proseguía como en trance:
-Nunca gocé de buena vista, pero para aquella época estaba aún peor. Después de la primera refriega, que fue terrible, me encontré herido y completamente ciego, dando golpes en el vacío. Así me hallaron los focenses. Vendaron mi brazo y me llevaron consigo. Traté de oponerme, pero ellos me engañaron. Continuamente repetían que íbamos hacia el combate, que ya teníamos cerca a los persas con sus largas túnicas. ¡Y lo que hacíamos era huir! Recién al tercer día supe la verdad.

Era evidente que la confesión lo aliviaba. No hice ningún comentario y él continuó:
-Luego regresé a Laconia porque podía. Siempre quise regresar y lo conseguí. Pero ahora es distinto. Ya no puedo. Siempre que lo intento algo me lo impide. No existe otro lugar como Esparta - explicó como si hubiera necesidad de explicar algo-. Me llamaron Tressas, el que regresa. No me enjuiciaron porque mi mal era demasiado evidente; pero la mayoría me reprochaba el no haberme dejado morir.
La viuda de Leónidas me encaró un día: "¿cómo fuiste capaz de abandonarlo?", me gritó.
Me engañaron, respondí. "Estúpido, además de cobarde. No podrás descansar mientras él no te absuelva", fue su respuesta.
Al poco tiempo morí por primera vez. Estaba con Pausanias en Platea cuando un vigía me atravesó con su lanza. Fue una muerte lenta y dolorosa. Pero no definitiva, como pude averiguarlo más tarde. La viuda de Leónidas había tenido razón. No podría descansar mientras el mismo Leónidas no me liberara.

La confesión parecía haber concluido. Mi socio había pedido otra taza de café e intentaba cambiar de conversación, pero ahora era yo el que no quería abandonar el tema:
-¿Estás seguro de no haber soñado toda esta historia? ¿No será producto de tu imaginación? Mira que a veces, la memoria...
No necesitó palabras para responderme. Su mirada lo decía todo. Se paró de golpe, en silencio. Lo vi como siempre lo había visto sin saberlo, imponente, como quien era: un guerrero espartano. Pensé que me hubiera matado de haber tenido una lanza en la mano. Otro tiempo: otras costumbres. Volvió a sentarse en silencio y se encogió de hombros.
-No debí contarte mi historia. Fue una estupidez.
Pero yo sabía que no era una estupidez. Había llegado por fin el momento tan esperado por ambos. Estábamos al final de un largo camino. Y dominando mi propia excitación, respondí lentamente:
-Aristodemo, yo te creo. Y te libero.

A la mañana siguiente mi socio no concurrió al estudio. Dos días más tarde lo encontraron muerto en su departamento.
Ahora yo también aguardo confiado mi propio fin, definitivo esta vez. ¡Los dioses sean alabados! Ya no tengo otra razón que me obligue a volver a vivir.


Buenos Aires, 2003