13 mar. 2007

Esther Mercedes Pérez Gayol - El pozo

Le costaba a Jacob despedirse esa mañana. Partía José para Sikem donde sus hermanos apacentaban el rebaño. “No debo preocuparme”, se repetía Jacob, “José es como yo era a su edad y Dios lo acompaña”.

Sabedor de lo que siente su padre y por temor de que se arrepienta, José apura los preparativos finales: con mano rápida termina de cargar el burro, equilibrando los bultos, evitando lastimar al animal. Se balancea el collar de cerámica sobre la larga túnica y susurran sobre la arena las sandalias obscurecidas por el tiempo.

Jacob observa con orgullo al primogénito de la derecha, de la tan deseada Raquel. ¿Lleva José el pan ácimo que Bhila ha amasado para él? ¿Y la leche cuajada? ¿Y el queso? ¿Y los dátiles? ¿Y las cebollas para el segundo día? ¿Y los odres con agua? Sí. El muchacho no ha olvidado nada.

Toma José la vara que Benjamín le ha preparado, abraza a su padre mientras oye las últimas recomendaciones y sin volver la cabeza una sola vez, se aleja con paso decidido.

El perro aún aullaba a su alrededor y la luz comenzaba a iluminarlo por la derecha, cuando Jacob lo perdió de vista.



Va en camino José, feliz de estar vivo. A lo lejos ve venir a Mizzá con su primogénito Yeús. Los espera a la sombra de una palmera y mientras los mira acercarse, del saco que lleva colgado al hombro extrae un puñado de dátiles para el muchacho.

Yeús es pequeño para sus nueve años y parece uno de esos monitos confiados que crían los egipcios en sus casas. José lo deja trepar a su espalda, lo sacude y le hace cosquillas. “¿Dónde están tus camellos y los veinte siervos que te echaban aire la semana pasada? ¿Ya los vendiste?” Yeús ríe de las bromas. Él será como José cuando crezca: usará largas túnicas, y sandalias, y collares de cerámica. Y llevará también el cabello a su manera: largo y dividido en dos bandas; y olerá a sándalo, no como esos horribles hijos de Lía, siempre asfixiando a oveja y más sucios que carneros.
Una mirada directa de su padre lo enmudece. El muchacho comprende que su momento ha pasado y se aleja con el perro.

Mizzá trae un mensaje para José: sus hermanos han acampado más al norte, en Dotayín. Eso significa un día más de paseo y José se alegra de la noticia. ¿En Dotayín? ¿Qué pasa con Sikén? ¿Hay poco pasto? Sí. Poquísimo. Y para colmo, dificultades con el agua. Dificultades. Otra vez dificultades. Sus hermanos siempre las encuentran. ¿Y Mizzá? ¿por qué regresa tan pronto?

Mizzá tiene que mudarse: ése es su problema por el momento. Y necesitará del asesoramiento de José, no sólo para comprar la parcela sino también para levantar la tienda. Nadie como José para encontrar el sitio más apropiado y para orientar la entrada con justeza. Si José fuera su hijo...fantasea Mizzá. Nadie como él para resolver problemas: en los repartos de bienes, en los tratos con los edomitas, en la solución de los robos, en los partos difíciles de las bestias. Mizzá sabe que siempre se puede contar con él y que su cercanía bendita genera prosperidad. Promete José ayudarlo a su vuelta y antes de separarse, comparte con el padre y con el hijo lo que le queda del queso y del pan.


Sigue en camino José, feliz de estar solo otra vez. Ahora puede cantar sin testigos y sin molestias: las burlas de Simeón no le alcanzan; tampoco los rezongos de Leví.

Bajo aquella palmera lo haré. Bastará con un solo golpe en la nuca o en el cuello”, se dice mientras levanta una piedra; y luego otra, y otra. Las acomoda con cuidado hasta completar un túmulo circular. “A la memoria de Simeón, salmonea, que la tierra lo acune y los gusanos lo visiten”.

Por un barranco, más adelante, empuja a Leví y arroja tres puñados de arena a su memoria. Simeón y Leví ya están muertos; Dios los retenga por una eternidad. ¿Qué hacer ahora con Rubén, el preferido de Lía? ¿Qué se puede pensar para un hombre que profana el harem de su padre y que siempre le esté reprochando a uno el que no trabaje para la boca? Quizá mandarlo a Seír y encargarle al tío Esaú que le busque mujer entre la parentela de sus feas esposas. No era mala idea en absoluto. ¿Y qué hacer con el bravo Judá? ¿Y con el ligero Neftalí? ¿Y con el cobarde Zabulón? Para cada uno siempre se puede encontrar una muerte adecuada.

José palmea al burro con satisfacción. La ligera brisa que cabalga sobre sus hombros promete una larga noche placentera de cara al cielo. La vida puede ser muy descansada cuando Dios lo lleva a uno de la mano.


Apenas entrada la mañana, José llega a Dotayín donde los hermanos lo esperan impacientes. Han cavilado toda la noche sobre la forma de librarse del preferido. No tienen que esperar demasiado: desde el horizonte aparece la silueta inconfundible del contador de sueños. Como una detenida columna de humo blanco, apenas se mueve su túnica sobre el horizonte. No puede ser otro: aunque bien parado sobre sus pies, siempre como recién llegado del Paraíso.

Ya han elegido el pozo: sin agua, sólo con barro, y con alimañas y otras inmundicias en el fondo. Ya han decidido no matarlo, porque siempre se paga con sangre la sangre vertida de un hermano. Ya saben cómo lo harán. Pero nada más.

Lo principal es librarse de su presencia y dejar que Dios se encargue del resto.
“¿Qué pasará con él y qué pasará con nosotros?”, se pregunta Rubén. Él conoce muy bien el alto precio que hay pagar por los pecados cometidos. Ningún problema de conciencia preocupa a los otros hermanos todavía, ciegos ante lo que vendrá, como bestias felices.


Incomprensiblemente, José acepta todo sin defenderse: la humillación de la desnudez, la violencia maquinada, el consenso en la agresión, el frío de las paredes del pozo, el terror del rápido descenso, el asco de ese fondo obscuro y maloliente. Desnudo en este Seol, se pudrirá por fin como debe ser. Hace muy poco, él ha matado a todos en su pensamiento. La diferencia no cuenta; ha matado de muerte airada y así debe morir. A él, que disfrutaba tanto de la soledad, se le prodiga ahora la soledad verdadera. ¿Quién es este ser despojado, sucio, frío, en este mundo de barro, tan alejado del Sol?

¿Qué pasará con su padre cuando lo sepa? ¿Y qué pasará con él mismo? ¿Cuántos días le quedarán por vivir en este pozo? Él, que tanto deseaba conocer las grandes ciudades, que tanto aborrecía las negras tiendas ambulantes y que soñaba con amplias y frescas casas fijas, con paredes de barro cocido y techos de palma, terminar sus días en esa viscosa entraña de la Tierra.

No se queja de la injusticia; sabe que no la hay en este caso. Piensa en sus hermanos mayores, sudando de día y tiritando de noche, sometidos siempre a la implacable tiranía de la boca, con madres resentidas y malhumoradas y un padre bendecido, pero indiferente, que nunca duda en reservar para su hijo predilecto las tareas más honrosas. ¿A quién se consulta cuando el problema es de delicada solución? A José. ¿A quién se llama cuando es necesario un mediador de probado prestigio? A José. ¿A quién se presenta con orgullo cuando la visita es de importancia? A José. ¿Y los otros hijos? El menor, sobre las rodillas, y los mayores, con el rebaño, que es para lo que han nacido. Ni el deslumbrante juego del soñar les fue otorgado: la mano de Dios siempre cerrada en un puño sobre sus cabezas.


José no está demasiado seguro de haber querido nunca a nadie, fuera de su padre y quizá también de Benjamín, su hermano menor. Soñar y pensar: en eso ha constituido toda su vida. Todo lo que ha hecho, lo ha hecho por placer; en un juego continuo han transcurrido sus años. A pesar de la muerte de su madre (sólo una mujer); a pesar de la sombra vengativa del tío Esaú (sólo una sombra); a pesar de la presencia molesta de los hermanos mayores (sólo presencias, al fin y al cabo), él ha vivido sus días en la fiesta continua del pensamiento. ¿Qué es lo que ahora se le pide? ¿Morir? Sabe muy bien que valió la pena.


El frío se ha instalado en sus huesos como una enfermedad incurable. Se abandona, sus fuerzas se han marchado con la luz; sobre sí mismo se repliega como un animal no nacido.

Acepta lo que sus hermanos han decidido para él; pero antes del fin quiere saber. Y llama a Dios. Y Dios, que lo mira, que no ha dejado de mirarlo un solo momento, le dice lo que él estaba esperando oír: Resiste José.



Y José resistió.
Y al cabo de tres días fue sacado del pozo y vendido por veinte piezas de plata a unos mercaderes ismaelitas que lo llevaron a Egipto.