7/3/2007

Enrique Valiente Noailles - El juego de las máscaras

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Se ha logrado por primera vez un trasplante experimental y parcial de cara. La persona que recibió el trasplante, desfigurada por el ataque de un perro, vivirá ahora con parte del rostro de una persona muerta. Hay que imaginar el sobresalto -mayor que el habitual- que puede uno tener ante el espejo si le cambian el rostro. Sería un sobresalto verdaderamente borocotesco, porque se ha trasplantado casi todo, pero el rostro parece ser el último bastión de la identidad, aquello que no es resignable, aquello que configura lo definitivamente irreemplazable. Este impresionante logro científico, en razón de su alto impacto simbólico, dispara la reflexión.

Tal vez sea, en última instancia, para proteger el rostro que existen las máscaras: para poder ser otro sin dejar de ser el que está debajo de ese otro, para poder ser otro sin dejar de ser uno, para modificar el rostro sin ponerlo en peligro. En realidad la máscara es una forma expresiva más que un ocultamiento. Así, en la tragedia griega, la máscara no fue un elemento encubridor sino un amplificador de la voz. Siempre ha sido más interesante considerar la máscara como algo revelador más que encubridor, aquello que permite exteriorizar lo que el rostro no podría, aquello que permite una catarsis que el rostro jamás haría.

El pensamiento contemporáneo viene anunciando el debilitamiento de la noción de identidad y la sustitución de la noción de original por el simulacro. Pero no es fácil digerir que el rostro en sí mismo pueda convertirse, en algún momento del futuro, en una máscara, en un puro juego de superficies detrás del cual no haya un original. Haciendo ciencia ficción, si a cierta altura se pudiera cambiar de rostro como quien cambia de máscara, se invocarían razones estéticas, pero se trataría de la desesperada búsqueda de un original que se ha perdido para siempre.

En la filosofía y -valga la compañía- en la criminalidad, la ausencia de rostro puede ser algo deseado. Foucault decía que escribía para no tener rostro. En otro registro, Yabrán se disparó un tiro en el rostro luego de que éste saliera excesivamente a la luz luego del asesinato de Cabezas. En todo caso, así como la máscara del teatro griego dio origen a la noción latina de "persona", tal vez la máscara de la técnica contemporánea cumpla, curiosamente, con el destino de aniquilarla.

Por Enrique Valiente Noailles
Para LA NACION

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