6/3/2007

El holocausto (Robert Nozick)

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El asesinato de dos tercios de la población judía durante la Segunda Guerra Mundial, como parte del resuelto intento de anlquilarla por completo –hoy conocido como el Holocausto-, es un acontecimiento tan aplastante que aún no logramos captar su plena significación. Incluso es difícil realizar una crónica de lo ocurrido –el conocimiento de buena parte del sufrimiento y la bestial crueldad ha desaparecido junto con las víctimas- y la simple lectura de los detalles nos obnubila: la seña de los verdugos alemanes en sus continuos aporreos, el encierro forzado de la gente en las sinagogas que luego eran incendiadas para quemarlas vivas, rociar con gasolina a hombres con mantos de oración y luego quemarlos, aplastar cerebros de niños contra las paredes mientras se obligaba a los padres a mirar, los llamados “experimentos médicos”, ametrallar a la gente haciéndola caer en tumbas que ellas mismas habían cavado, arrancar la barba a los ancianos, burlarse de las personas mientras se les infligían horrores, el inexorable e implacable proceso organizado que procuraba destruir a cada judío mientras lo degradaba totalmente, las mentiras sobre la recolonización en el Este con el propósito de mantener alguna esperanza y parcial cooperación, llamar Himmelfahrstrasse, la calle del cielo, a la calle que iba desde la estación ferroviaria de Treblinka hasta las cámaras de gas, por donde los judíos debían marchar desnudos.... la lista es interminable, y es imposible hallar uno o varios acontecimientos que cifren y simbolicen todo lo que ocurrió.*

¿Cómo comprender estos acontecimientos? Los científicos sociales y los historiadores pueden tratar de rastrear las causas, de averiguar cómo un país que ocupaba la cima de la civilización occidental –la patria, como todos dicen, de Goethe, Kant y Beethoven- pudo escoger un pueblo para el exterminio y concentrarse en esta tarea con semejante ferocidad, pudo consentir que lo dirigiera un hombre con odios tan purulentos y expresados tan abiertamente. Otros fenómenos se verán ahora inevitablemente bajo esta luz, como el antisemitismo anterior a los sentimientos de superioridad tacial en cualquier cultura. Y podemos ver otras consecuencias: la merma de judíos en Europa oriental y central, la creación de armas nucleares; también podemos rastrear desalentadoras consecuencias en nuestra evaluación actual de la civilización occidental y la línea de la esperanza, desde Grecia, el Renacimiento y la Ilustración hasta hace muy poco.
El Holocausto es algo a lo que debemos responder de un modo significativo. Aún ignoramos la respuesta adecuada: ¿recordarlo, sufrir su constante acechanza, trabajar para impedir que se repita, un mar de lágrimas?
La significación del Holocausto es más aplastante de lo que estos rastreos pueden averiguar y estas respuestas pueden abarcar. Creo que el Holocausto es un acontecimiento semejante a la Caída tal como la concebía el cristianismo tradicional, algo que altera radical y drásticamente la situación y el rango de la humanidad. No creo personalmente en ese acontecimiento edénico después del cual el hombre ha nacido en pecado original, pero algo semejante ha sucedido ahora. La humanidad ha caído.
No pretendo comprender plenamente la significación de esto, pero creo que aquí hay una parte: ahora no sería una tragedia especial si la humanidad finalizara, si la especie humana fuera destruida en una guerra atómica o la Tierra atravesara una nube que impidiera a la especie seguir reproduciéndose. No quiero decir que la humanidad merezca esto. Tal acontecimiento implicaría una multitud de tragedias y sufrimientos individuales, dolor y pérdida de vidas, la pérdida de la continuidad y significación que brindan los hijos, así que sería erróneo y monstruoso que alguien lo produjera. Quiero decir que antes hubiera constituido una tragedia adicional, una tragedia allende las personas involucradas, si la historia y la especie humana hubieran finalizado, pero ahora que esa historia y esa especie están manchadas, su pérdida no sería especial al margen de los padecimientos individuales. La humanidad ha perdido su derecho a continuar.
¿Por qué decir que se necesitó el Holocausto para producir esta situación, cuando sabemos lo que una civilización occidental desarrollada ya había enfrentado: esclavitud y tráfico de esclavos, belgas en el Congo, argentinos exterminando su población indígena, norteamericanos diezmando y traicionando a la suya, países europeos destruyendo vidas en la Primera Guerra Mundial, por no mencionar el resto de las historias montruosas del mundo. No tiene caso comparar crueldades y desastres. (China, Rusia, Camboya, Armenia, Tíbet... ¿este siglo será conocido como la era de la atrocidad?) Tal vez lo que ocurrió fue que el Holocausto selló la situación, y le dio una claridad patente.
Pero el Holocausto habría bastado por sí mismo. Como un pariente que avergüenza a una familia, los alemanes, nuestros parientes humanos, nos han avergonzado a todos. Han arruinado nuestra reputación, no como individuos, sino que han arruinado la reputación de la familia humana. Aunque no todos somos responsables por lo que hicieron quienes actuaron y los respaldaron, todos estamos manchados.
Imaginemos a seres de otra galaxia mirando nuestra historia. Creo que no les parecería inapropiado que esa historia llegara a su fin, que la especie que vive esa historia finalizara, destruyéndose en una guerra nuclear u otra calamidad. Estos observadores verían las tragedias individuales, pero no verían –a mi entender- una tragedia en la finalización de la especie. La especie que ha cometido eso ha perdido la dignidad. Repito, no es que la especie merezca ser destruida; simplemente ya no merece no serlo. La humanidad se ha desacralizado. Si un ser de otra galaxia leyera nuestra historia, con todo lo que contiene, y esa historia luego finalizara en destrucción, ¿eso no llevaría la narración a un cierre satisfactorio, como un acorde final?
El Holocausto, dije antes, constituye un problema especial para la teología judía que procura entender los actos de Dios, pero creo que también afecta radicalmente la teología cristiana. No me refiero al examen de la responsabilidad del critianismo en las enseñanzas antijudías impartidas a través de los siglos, ni al papel de sus instituciones durante el Holocausto, ni siquiera al hecho de que no logró crear una civilización donde no ocurriese el Holocausto. Quiero decir que la situación teológica misma se ha transformado.
La teología cristiana sostiene que hay dos transformaciones cruciales en la situación de la humanidad, primero la Caída y luego la crucifixión y resurrección de Cristo, que redimió a la humanidad y le brindó una ruta para salir de su estado caído. La situación o posibilidad alterada que presuntamente debían traer la crucifixión y la resurrección ahora han cambiado; el Holocausto ha cerrado la puerta que abrió Cristo. (Yo no soy cristiano, pero eso no me impide ver –quizá con mayor claridad- cuáles son las implicaciones más profundas para el cristianismo). El Holocausto es una tercera transformación crucial. Aún permanecen las enseñanzas éticas y el ejemplo de vida de Jesús antes del final, pero ya no opera el mensaje salvífico de Cristo. En este sentido, la era cristiana ha terminado.
Se podría pensar que lo que Cristo cumplió según la teología cristiana, lo cumplió de una vez por todas, para siempre. Murió por todos nuestros pecados, pasados y futuros, grandes y pequeños. Pero no creo que por ése. Recordemos la visión teológica de que al dar a la gente libre albedrío Dios limita intencionalmente su omnisciencia, de modo que ya no supervisa cómo elegirá la gente. Tal vez, al enviar a su único hijo para redimir a la humanidad, no tenía en mente que la humanidad necesitara redimirse de algo como el Holocausto. En todo caso, sean cuales fueren los sufrimientos de Jesús, o de Dios padre al observarlos, creo que la teología cristiana necesita sostener que no bastarían para redimir a la humanidad ante el Holocausto.
Mejor dicho, sea cual fuere la actual situación de los individuos uno por uno, el Holocausto ha creado una situación radicalmente nueva para la humanidad toda, una situación que el sacrificio de Jesús no podría ni estaba destinado a curar. La especie humana ahora está desantificada; si ahora fuera liquidada u obliterada, su fin ya no constituiría una tragedia especial.
¿La humanidad está reducida para siempre a esta situación desantificada? ¿Hay algo que podamos hacer con nuestra conducta a través del tiempo, de modo que nuevamente fuera una tragedia especial si nuestra especie pereciera o fuera destruida? ¿Podemos redimirnos? Ningún “segundo advenimiento” podría alterar nuestra situación, no si fuera algo parecido a una función repetida. Sólo la acción humana podría redimirnos, si algo puede. ¿Pero hay algo que pueda?
¿Siglos de bondad apacible y colectiva servirían, si fueran precedidos por un arrepentimiento conjunto por lo que ha contenido nuestra historia? ¿Tal vez debemos ayudar a generar otra especie mejor y allanarle el camino? ¿Sólo podemos reconquistar el merecimiento de continuar haciéndonos a un lado?
Tal vez necesitamos alterar nuestra naturaleza, transformándonos en seres infelices que sufran cuando otros sufren, o al menos en seres que sufren cuando infligimos sufrimiento a otros o les hacemos sufrir, o cuando somos testigos que consienten que se inflija sufrimiento. Este último cambio, ocurriera como ocurriese, al menos reduciría grandemente la cantidad de sufrimiento que infligen los humanos. Pero hay tanto sufrimiento en el mundo que si fuéramos infelices cuando otros sufrieran por cualquier razón tendríamos que ser infelices todo el tiempo; y si fuéramos infelices siempre que algunas personas infligieran sufrimiento a otras, a menos que toda la gente fuera cambiada de este modo, la infelicidad sería nuestra suerte constante. ¿O sólo deberíamos ser infelices cuando otros infligieran sufrimiento masivo, y cuando nosotros mismos infligiéramos cualquier sufrimiento? Pero si otros acontecimientos, tales como el antisemitismo anterior o posterior, o las afirmaciones de superioridad racial de cualquier grupo, ahora se deben ver a través del prisma del Holocausto, entonces –tan vasto, intenso y variado fue el sufrimiento infligido y padecido entonces- ¿no debería ser todo sufrimiento humano en cualquier parte ser visto y sentido como parte de ese Holocausto?
Quizá sólo podamos redimir a la especie sufriendo nosotros cuando se inflige un sufrimiento, o incluso cuando es sentido. Antes, quizá, podíamos estar más aislados; ahora eso no basta. La doctrina cristiana ha sostenido que Jesús tomó el sufrimiento de la humanidad sobre sí mismo, redimiéndolo, y aunque se decía a otros que imitaran a Cristo, no se esperaba que tomaran análogamente el sufrimiento con un efecto de redención. Si la era cristiana ha terminado, ha sido reemplazada por una en la cual cada quien tendrá que cargar con el sufrimiento de la humanidad sobre sí misma lo que Jesús presuntamente hizo por nosotros antes del Holocausto.
Aquí podría franquearse la grieta entre judaísmo y cristianismo. Lo que Cristo pudo haber logrado una vez –judíos y cristianos podrían estar de acuerdo- ya no tiene validez; vivimos en un estado de irredención. El status de la especie humana sólo puede ser redimido, si es que puede, sólo si ahora (casi) todos toman el sufrimiento de otros sobre sí mismos. Los cristianos podrían pensar que es una nueva era que continúa y encarna más verdaderamente el mensaje cristiano; los judíos podrían ver que otros ahora lloran de veras por un sufrimiento tan aplastante y monstruoso que cada cual debe ser diferente. El Holocausto ha renovado el problema de la redención, excepto que ahora la redención debe venir de nosotros mismos, la humanidad entera, y el resultado es incierto.
Alguien podría pensar que en vez de tomar sobre sí el sufrimiento de otros, preferiría dejar sin redención a la humanidad como especie, permitiendo que no haya tragedia si la especie humana terminara. Incluso podría pensar que esto sería mejor, pues estos pensamientos sobre el fin de la humanidad son, a fin de cuentas, abstractos e involucran sólo una tragedia hipotética, mientras que si todos tomamos el sufrimiento de la humanidad sobre nosotros mismos, ello implica muchos acontecimientos adicionales de sufrimiento real. Si ése fuera el único modo de redención para la humanidad, ¿no sería mejor dejarla irredenta? ¿Cuánta tragedia significa que el fin de la humanidad no sea una nueva tragedia? ¿Y no es una tragedia con la cual podemos aprender a convivir?
Pero formar parte de un proyecto humano que valga la pena continuar puede no ser una parte trivial de nuestras vidas y el significado que les atribuimos. Contra ese trasfondo, dado por sentado hasta ahora, muchas actividades hallaban sentido o significación y muchas otras hallaban un sitio donde ser. No podemos disolver o rasgar ese contexto pero dejar todo lo demás como estaba.
He perfilado, aquí una interpretación del Holocausto que le otorga un peso proporcional, pero no querría excluir otras interpretaciones ni insistir en ésta contra viento y marea. La plena significación y las implicaciones de ese trauma –tan reciente- superan la comprensión de una sola persona; por cierto superan la mía.
El Holocausto es un cataclismo masivo que distorsiona todo lo que hay alrededor. Los físicos hablan de las masas gravitatorias como distorsiones de la geometría pareja del espacio físico circundante; cuando mayor sea la masa, mayor será la distorsión. El Holocausto es una distorsión masiva y continua del espacio humano. Sus vórtices y deformaciones se extenderán a gran distancia. Hitler también constituía una fuerza que distorsionó la vida de quienes le rodeaban: sus seguidores, sus víctimas y quienes tuvieron que derrotarlo. El vórtice que creó ha desaparecido. Tal vez cada mal de cierta magnitud constituya una distorsión del espacio humano. Se ha requerido un cataclismo para que lo notemos.



(*) Luego está la participación y colaboración activa de otros –polacos, ucranianos, rumanos, etcétera- que satisficieron su propio odio asesino por los judíos, cooperando para juntarlos y apropiándose alegremente de propiedades y hogares judíos abandonados (a pesar de que ellos mismos estaban destinados a ser sirvientes de los alemanes, como trabajadores explotados y dóciles); y está la conducta de quienes fueron testigos a sabiendas y a veces con aprobación, o que impidieron el escape de las víctimas: los británicos, por ejemplo, al forzar a volver a Alemania a barcos con gente que huía a Palestina, y al urgir a otros países a hacer lo mismo; los miembros del Departamento de Estado y el Departamento de Guerra de los Estados Unidos, que obstaculizaron el rescate de los judíos europeos, impidieron su inmigración, y se resistieron a bombardear las cámaras de gas de Auschwitz y las vías del ferrocarril que iban hacia allí.


En "Meditaciones sobre la Vida" (Gedisa Editorial, pág. 189)

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