31 mar. 2007

El fénix, de Julio Páez, (algo de la Argentina de los 90)

Un viaje más desde Quilmes hasta Capital, Vogel detestaba manejar en la ciudad de Buenos Aires, aunque quizá sea más exacto decir que odiaba manejar en cualquier sitio; en el mejor de los casos conseguía anestesiarse diciéndose que era lo mejor que podía hacer para vivir con alguna dignidad. Su Licenciatura en Filosofía le producía el escaso dinero de la Ayudantía y un tremendo sentimiento de inutilidad cuando intentaba redondear algún concepto filosófico en las cabezas de los estudiantes de secundario, (por ejemplo: hacerles entender algo tan complejo como el principio de exclusión del tercero). Así se había resignado a desarrollar uno de los oficios de moda en la Argentina de los 90: remisero.
La chica le había dicho que la llevara hasta una dirección en Avenida del Libertador, y que la esperara allí para traerla de regreso a Quilmes. En un primer momento, Vogel no había notado las características peculiares de su pasajera; cuando las percibió, su escaso interés profesional mutó en un elevado interés personal. La mujer medía más de un metro setenta e iba vestida con unos jeans rasgados a la altura de los muslos y una campera corta de gamuza azul sin abotonar, debajo llevaba una camisa blanca abierta hasta el tercer botón; los pechos, notables, se insinuaban apropiadamente. El pelo negro caía nomás hasta los hombros, el rostro de pómulos altos y labios estrechos, se iluminaba con ojos de un verde oscuro. El primer pensamiento consciente de Vogel al completar la visión fue: Estoy alucinando, esta mina no existe. Pero debió admitir que, efectivamente, existía, y volvía caminando por la vereda para subir de nuevo al auto; luego de abrirle la puerta, balbuceó-Qué rápido.
La mujer respondió-Sí, era un trámite muy sencillo. -luego se colocó los auriculares de su discman y clausuró toda posibilidad de diálogo. Vogel le dedicó algunas miradas a través del espejo retrovisor mientras conducía de regreso.
-Todavía no me dijiste a qué dirección querés que te lleve en Quilmes. -dijo con el volumen suficiente como para que ella comprendiera que estaba diciendo algo aun cuando no comprendiera el significado; la mujer se quitó los auriculares y dijo- Disculpame, pero no entendí lo que me decías...
-Decía que no me dijiste a qué dirección querías que te llevara...
- Ah, no te preocupés, dejame en la parada.
Cagamos, pensó Vogel. Sin terminar de resignarse pero cohibido, se animó-Espero que volvamos a vernos.
-Puede ser. - dijo la chica ambiguamente. Cuando el viaje terminó, pagó, saludó y bajó sin decir más.
Alguno de los compañeros de Vogel estaban en la puerta del local esperando ser convocados, y la vieron descender y alejarse. Cuando Vogel se acercó a ellos, las alusiones a su pasajera fueron abundantes, floridas y obscenas. Pero para no parecer distante o universitario, Vogel festejó algunas con una sonrisa que pretendió ser simpática. Nunca había comprendido esa costumbre de exhibirse como machos dominantes que tienen algunos varones cuando hablan entre ellos, más aún conociendo sus situaciones reales y la opresión que sus legítimas esposas ejercen sobre ellos. Hasta había escrito un par de artículos sobre el asunto en unos fanzines progres a mediados de los ochenta. Publicaciones que ninguno de sus compañeros había llegado a sospechar, sus lecturas no excedían el marco literario de El Clarín deportivo u Olé. Se tomó un café en la agencia y luego fue convocado para otro viaje, también a Capital, (parecía que ese era su día de suerte). Una anciana que tomaba un remís para concurrir a la concentración de los jubilados en plaza Congreso. Qué buena propaganda oficialista. Los jubilados que fomentan los disturbios y el desorden son precisamente aquellos que puedan darse lujos, activistas, meros activistas que apuntan a desestabilizar la convertibilidad movidos por oscuros e inconfesables intereses. No pudo evitar sonreír ante sus pensamientos.
La mujer dijo-Mi marido me dejó en una buena posición, pero que yo esté bien no me autoriza a despreocuparme de los pobres que cobran la jubilación mínima.
Vogel notó que la mujer era inteligente y susceptible, entonces dijo- Estoy completamente de acuerdo con usted.
-Como sonrió...
-No, no sonreía por lo que me había dicho usted, no directamente.
La mujer lo miró atentamente y enunció- Usted no es sólo un remisero.
-Creo que ningún remisero es simplemente un remisero. -respondió Vogel con astucia.
-Vamos, jovencito, ahora no se haga el tonto... -le pidió la pasajera sonriendo- ...viajo habitualmente en remises, y conozco la forma habitual de expresarse de los choferes, no puedo dejar de tenerlo en cuenta, al fin y al cabo, soy un profesora de Literatura jubilada.
-Me rindo entonces, es cierto, no soy Clark Kent, soy Licenciado en Filosofía... no quiero deslumbrar al mundo y oculto mi personalidad tras este humilde oficio...
- Ya me parecía, me llamo Lucía.
- Vogel, mucho gusto. -se presentó, e ironizó sobre la adversidad de su suerte: la mina que estaba bárbara le había negado toda posibilidad de acercamiento, y la jubilada estaba deseosa de, al menos, hablar con él.
Lucía comentó- Veo que tiene usted un gran sentido del humor, constantemente encuentra motivos para sonreír
-Es una de las pocas virtudes que conservo: mi sentido del humor, aunque debo confesarle que tiende a tornarse cada vez más enfermizo.
-Eso es algo que sólo usted puede saber...
Lucía se volvió hacia la ventanilla y se mantuvo en silencio durante unos minutos.
-Espero que nada de lo que dije la haya molestado.
- ¿Qué?, no, de ninguna manera... estaba pensando en como nos apegamos los argentinos a las tradiciones, aunque actualizadas, antes los graduados universitarios manejaban taxis, ahora remises, después dicen que la Argentina no progresa.
Vogel rió a carcajadas, cuando se calmó, comentó- Creo que llevo a la pasajera más indicada.
- Mi sentido del humor siempre fue enfermizo.
A pocas cuadras del congreso comenzaron a verse los dispositivos del aparato de seguridad: patrulleros, camiones de la guardia de infantería, motocicletas.
Lucía los observó con detenimiento y Vogel preguntó-¿ No la asustan?
-Sí, claro, ¿ pero qué se puede hacer? No hacemos más que reclamar por lo que nos corresponde,¿qué otra cosa se puede hacer?
Vogel la dejó a una cuadra de la plaza y le pidió que se cuidara, Lucía prometió hacerlo lo mejor posible. Mientras conducía de regreso la imagen de la morocha apareció en su cabeza con potentes flashes, en un primer momento fingió que eso lo irritaba pero luego admitió que era una molestia grata. Hizo un par de viajes más con pasajeros que consideró intrascendentes, volvió a la agencia, estacionó el auto y bajó. Le entregó la planilla y el dinero a Rodriguez, el encargado, y este le dio el porcentaje correspondiente. Vogel dejó el auto y se fue caminando hasta su departamento, saludó a dos vecinos que hablaban en la puerta del edificio, y subió.
Se sacó las botas y se tiró sobre el sofá, de a poco la oscuridad fue inundando el recinto, dejó que su mente vagara sin fijarse en idea alguna. En cinco minutos estuvo en un estado mental eficazmente lejano del sueño o la vigilia: se dedicó admirar las imágenes que sin lógica se sucedieron en su atenuada consciencia.
Se incorporó de a poco, encendió la luz y esperó que sus ojos se acostumbraran a la claridad. Lucrecia había realizado, como era su costumbre, una tarea eficaz y minuciosa: todo estaba limpio y ordenado. Una vez más sintió lo que denominaba su culpa ideológica: la sensación de que no era más que un pequeño burgués explotador. Era un sentimiento que nunca había comentado con nadie, y aunque no se atreviera a admitirlo, era por temor a las burlas que pudiera concitar. Resolvió que podía archivar esas reflexiones mientras se servía un Smuggler con hielo. Miró el estante de las películas y notó que había grabado del cable cinco películas. Esto se agrava, no sólo compro libros que no leo ahora también gasto guita al pedo en cintas. Ese pensamiento lo llevó a replantearse qué quedaba de su vocación de filósofo, esa pasión que lo había arrastrado durante los cinco años de la Licenciatura, devorando no sólo los libros indicados por la cátedra, si no todos los que consideraba relacionados con el tema. Sus intervenciones en los prácticos habían sido brillantes, poco más que sus finales... él había sabido que había más que vocación de conocimiento detrás de aquella pasión, esa pasión era el único lastre contra la locura. La carga era demasiado densa, sabía de que estaba hecha pero no quería hacerla consciente porque lo arrastraría a donde no quería llegar. Un infierno demasiado conocido: el alcohol le había permitido zafar de las intensidades y la variedad de aquel dolor, pero casi lo había hecho zafar de todo, de cualquier cosa... y, lamentablemente, lo había hecho sin que persona alguna lo percibiera, o al menos hiciera evidente esa percepción. Su último final: Filosofía Contemporánea, lo había dado borracho, y su nota, previsible e indefectiblemente, había sido diez. La fiesta en la que participó después con sus compañeros había sido una buena oportunidad para dejar de fingir una sobriedad un tanto amaquietada. Y luego los sueños; todas las ocasiones en que había despertado en medio de la noche con carcajadas histéricas: Marx discutiendo con Sócrates en un sórdido campo de batalla malvinense, Sartre discurriendo sobre el ser con un distraído Galtieri, etc.
Basta de flashbacks, se ordenó. Encendió el televisor y la video y puso una película. Lo despertó el radio-reloj, se levantó, duchó y afeitó, (la prolijidad era el primer paso en la lucha contra la depresión), se peinó y marchó hacia la cocina. Tomó un café negro y unas tostadas con mermelada de tomate. Bajó y caminó hasta el quiosco de diarios, compró Página 12, Clarín y La Nación, luego siguió unas cuadras hasta la escuela donde ejercía la titularidad en un par de Cuartos Pedagógicos como profesor de Introducción a la Filosofía. Sabía que disponía del tiempo suficiente para leer los artículos que le interesaran antes de que sus educandos contestaran la única pregunta que les había planteado en el trabajo práctico de. Cuando concluyó, dijo- Entreguen, por favor. -los alumnos entregaron las hojas y un minuto después tocó el timbre que marcaba la finalización de la hora. Se despidió con frialdad y los alumnos respondieron de la misma forma; cuando salió al patio saludó con una inclinación de cabeza a dos colegas que salían de las aulas, caminó hasta la puerta y salió. Mientras se dirigía hacia el bar donde solía hacer su segundo desayuno y tomaba apuntes de lo que alguna vez iba a ser su obra, fue hojeando los trabajos entregados. Como había previsto, apenas un par llegaban a insinuar una respuesta adecuada al interrogante planteado; el resto variaba entre la incomprensión estudiada y el más completo desinterés. Eso lo tranquilizó, nada de sobresaltos.
Cuando entró en el bar, Pepe lo saludó e hizo un gesto de interrogación con su mano derecha, Vogel levantó el índice de su mano derecha. Pepe supo que el cortado doble con el par de medialunas debía ser acompañado con un cognac simple.
Vogel acomodó los diarios y las evaluaciones sobre una silla y extrajo la libreta de apuntes del bolsillo de su campera; hacía rato que aquella reflexión no avanzaba, sólo se reiteraba en diferentes registros, las palabras variaban pero los conceptos estaban anclados, parecía que su pensamiento operaba según una rara dialéctica de retroceso, la síntesis a menudo se transformaba en la tesis levemente pervertida por la acción de la antítesis.
Pepe lo interrumpió acarreando la bandeja con su desayuno tardío-Y,¿ cómo va el trabajo? -preguntó con interés sincero.
-No muy bien.
-El viejo dice que tienes buena cabeza y que algún día muchos hablarán de vos con admiración...
-Tu viejo es un idealista... ¿cómo anda?
- Bien, se empecina en vivir como un condenado y cada tanto putea porque no lo vas a ver...
-Pronto lo voy a visitar, mandale un abrazo.
-Sí, claro, tu discúlpame por preguntarte pero me interesa...
-No, no hay problema, te aseguro que cuando tengo algo más o menos claro te lo voy a decir...
-Bueno, te dejo, no quiero servirte de excusa para no trabajar...
Pepe se alejó y dejó solo a Vogel frente a su desayuno, comió una medialuna mirando a la gente que estaba en el café. Un cuarteto de vendedores de servicios organizando su diagrama matutino de clientes, dos jubilados que jugaban al ajedrez y una pareja que mantenía una discusión asordinada. Encendió su pipa y bebió un sorbo de cognac, volvió a los apuntes. Hacía tiempo que sospechaba que jamás desarrollaría un trabajo teórico original y de alguna coherencia; pero se decía que debía seguir intentándolo, a pesar de que algunas veces considerara que el pensamiento filosófico en la Argentina no tuviera utilidad alguna. Un lugar donde las Humanidades son algo así como una alfombra persa o un jarrón de la dinastía Ming. O pensándolo bien, algo mucho menos interesante, con mucho menos prestigio y valor que esos objetos, que, en todo caso, dan referencia ostensible de cierto refinamiento y poder adquisitivo.
Vació la pipa en el cenicero y sacó la billetera del bolsillo interior de su campera, dejó un billete y salió. La mañana seguía siendo fría y temprana, faltaban más de dos horas para tomar su turno en la agencia. Casi siempre había sido así, demasiado tiempo sin objeto y demasiado poco con alguna pasión. Caminó hasta la plaza San Martín y se sentó en un banco: el espectáculo era el habitual, como de costumbre se sorprendió del convencimiento con que la gente cumplía sus ritos cotidianos, su capacidad para administrar la pasión en cuotas, o al menos para disimular su ausencia. Casi inmediatamente la imagen de la pasajera del día anterior lo deslumbró con potencia, ella era la pasión... mejor no pensar en ciertas cosas... jugó un truco que cada vez dominaba mejor, la comprensión evasiva. Eligió a un viejo que caminaba por la vereda de enfrente, su aspecto no era brillante, traslucía demasiado su condición de jubilado, aunque había algo de dignidad meditabunda en su paso cansado, no tenía esa confianza de autómata que es el matiz característico de los adultos, y aún de algunos niños, que circulan por la ciudad a esa hora. El viejo parecía tener consciencia de la inutilidad de casi todo, consciencia que parecía patear hacia adelante para retomar su pequeña fe en el asunto que lo había llevado a caminar. Dio vuelta a la esquina y Vogel no tuvo voluntad de seguirlo, además ya había descubierto a otro espécimen para ejercer su empatía a distancia. Una cuarentona elegante enfundada en un tailleur verde musgo que parecía tener dificultades en cargar con un portafolio seguramente repleto de papeles importantes. ¿ Qué historias llevaría en su paso decidido? Tal vez una vida matrimonial de escasas satisfacciones sexuales, una hija adolescente demasiado parecida a ella y con la que competía consciente o inconscientemente..., las posibilidades eran innumerables. La mujer notó que la estaba observando y aquella comprobación no pareció tomarla por sorpresa o molestarla. Vogel se levantó del banco y caminó hacia la calle, cruzó adelante de un colectivo y encaró a la mujer- Hola,¿ podemos hablar un momento?
La mujer se detuvo y sonrió- ¿ No te parece que es demasiado temprano para estas cosas?
- La verdad que me parece temprano para cualquier cosa, pero no me preocupo, algunas mañanas a esta hora me parece tarde para todo...
La mujer lo observó, y Vogel hizo lo mismo. El rostro de la mujer estaba bronceado, los ojos azules estaban rodeados de las patas de gallo imprescindibles, el pelo rubio caía sobre los hombros en una lacia y corta melena.
- ¿ Y entonces?
- Supongo que tendrás un número de teléfono...
- Claro que lo tengo, pero no sabrías a quien llamar...
- Decime tu nombre entonces, yo soy Vogel.
- Supongo que no es tu nombre.
- Bueno, de alguna manera sí, ¿ y el tuyo?
La mujer sacó una tarjeta de uno de los bolsillos del tailleur y se lo alcanzó.- Este es el teléfono de mi estudio, podés llamarme a la noche, voy a estar trabajando... Soy Patricia.
- Te llamo. -prometió Vogel y guardó la tarjeta en un bolsillo de la campera.
- Hasta luego. -saludó Patricia y se alejó.
-Hasta luego entonces. –saludó Vogel y apreció que los glúteos aparecían firmes bajo el género de la entallada pollera. Ahora es el momento en que tengo que girar y encarar a la cámara con expresión ganadora, pero no lo voy a hacer. ¿ Qué había impulsado a Vogel a encarar a la mujer? A menudo solía interrogarse en tercera persona sobre sus acciones en un intento por descomprometerse de la situación y objetivarse. Sonreía a menudo recordando que era un procedimiento similar al que utilizaban Menem y Maradona para referirse a sí mismos. Caminó hasta la agencia sin responderse, Rodriguez le entregó las llaves, los documentos del auto y la planilla. La comunicación entre ellos era fluida aunque casi siempre excluyera las palabras.
Sonó el teléfono.
-Debe ser esa de nuevo. -comentó Rodriguez y levantó el tubo- Agencia..., buenos días. Sí, sí, esta aquí. La dirección es... -tomo nota de la dirección- ... correcto, ya va para allá. -cortó la comunicación y miró irónicamente a Vogel- No sé que habrás hecho, pero la mina que llevaste ayer al centro, esa que se bajó aquí y que dejó locos a los muchachos, llamó antes dos veces y pidió un auto siempre y cuando fueras vos el que manejara... -le entregó la tarjeta.
Vogel se quedó paralizado, su éxito con las mujeres parecía aparecer con fuerza abrumadora- La verdad es que me parece que estoy exagerando... -comentó antes de salir y dirigirse hacia el auto.
Rodriguez sonrió y lo vio alejarse en el 505.

2. Vogel condujo el auto hasta la dirección indicada, correspondía a un edificio de departamentos no demasiado alto con evidentes muestras de descuido. En la puerta estaba ella esperándolo: llevaba unos jeans ajustados y una campera de lana azul, de su hombro derecho colgaba un pequeño bolso marrón. Los ojos eran invisibles tras unos anteojos negros de cristales redondos y marco de carey. Vogel estacionó, bajó y abrió la puerta trasera derecha, la muchacha saludó y entró al auto.
-¿ A dónde te llevo?
-No voy a ningún lado, da unas vueltas por Quilmes... -respondió la mujer y encendió un cigarrillo. Vogel la observó por el espejo retrovisor, la mujer exhaló el humo de su primera pitada y sorprendió la mirada pero no habló. Vogel se detuvo en un semáforo, esperó la flecha para girar a la izquierda y tomó por la avenida; comenzó a conducir lentamente por el carril derecho, un camión de reparto de productos lácteos pasó casi rozando el costado izquierdo del auto. La mujer se volvió alarmada hacia ese lado, luego tosió y arrojó el cigarrillo por la ventana, carraspeó levemente y preguntó- ¿ No me vas a preguntar por qué te mandé llamar?
-La verdad es que estoy intrigado pero no me quiero meter en problemas...
-Creo que alguien me quiere hacer daño.
-¿ Por qué no hacés la denuncia?
-No puedo.
-Ah, veo que esto se pone divertido, ¿ por qué recurrís a mí?
- No tengo a nadie a quien recurrir y me pareció que ayer te comportaste correctamente, otro se hubiera puesto pesado y yo sé que no te soy indiferente... cuando me di cuenta de que me había metido en un lío pensé en vos... -explicó la mujer y comenzó a sollozar.
Vogel pensó que la mujer intentaba utilizarlo de alguna forma y no se sentía dispuesto a meterse en una historia que seguramente le traería complicaciones, pero la visión de aquel rostro lloroso y esos pechos estremeciéndose por los sollozos fueron factores de bastante peso como para inducirlo a decir-Está bien, calmate.
-¿ Me vas a ayudar?
-No sé, pero te escucho y después veo, ¿ querés que siga dando vueltas o me estaciono?
-Como quieras...
Vogel estacionó y esperó que la mujer hablara.
-Ayer, cuando me llevaste hasta la Capital fui a entregar un sobre, cuando me dejaste en la agencia me fui caminando hasta mi departamento y me pareció que dos tipos me seguían. Hoy, cuando me levanté vi, desde la ventana que había un par de tipos dentro de un Sierra Rojo estacionado frente al edificio. Me asusté, no me animé a salir y entonces llamé a la agencia y pregunté por vos...
-Yo no vi ningún Sierra rojo.
- Se fueron diez minutos antes de que vos llegaras...
-No entiendo por qué te podrían seguir dos tipos, uno lo entiendo... pero dos... bueno, me parece exagerado...
La mujer sonrió débilmente.
-Hay algo que vos sospechás y no me dijiste...
-La persona que me indicó que entregara el sobre me dijo que no debía comentar el asunto con nadie...
-Pero tenés miedo...
-Sí, claro.
Vogel consideró que eran altas las posibilidades de que la mina fuera una mitómana pero que de todos modos podría ser divertida, entonces en el espejo retrovisor vio que se acercaba lentamente un Sierra rojo; pasó al lado de su auto y pudo ver dos tipos con aspecto de servicios que los miraban a través de adecuados lentes negros. Por suerte, la mujer se estaba secando los ojos con un pañuelo de papel, el Sierra se alejó y dio vuelta en la primera bocacalle a la derecha.
- ¿Vos pensás que la persecución de los tipos tiene que ver con la entrega del sobre?
- No sé, creo que sí.
- ¿Sabés qué contenía?
- No.
-¿ No pensaste que por ahí te convertiste en un correo de narcos?
La mujer palideció- Vos pensás que...
-Yo no pienso nada, solamente estaba planteando una hipótesis... también puede ser que hayas participado en un chantaje.
- ¿ Qué voy a hacer?
-Lo primero que tenés que hacer es tranquilizarte... y después te sugeriría que fueras a tu departamento, juntaras las cosas indispensables en un bolso y te fueras a pasar unos días a la casa de alguna amiga o amigo... desaparecer de los lugares que frecuentás puede desalentarlos...
- ¿Estás seguro?
-No, en realidad no estoy seguro de nada, pero no se me ocurre otra cosa, pero cuanto más tiempo te quedes en el mismo lugar, más posibilidad tendrán de encontrarte...
-Llevame a casa rápido entonces.
Vogel condujo de regreso hasta el edificio de departamentos y antes de que la mujer se bajara, dijo- Todavía hay algo que no me dijiste...
-¿ Qué?
-¿ Cómo te llamás?
-Marina, ¿ y vos?
- Vogel, pero andá, apurate. -lentamente comenzaba a experimentar un nerviosismo bastante parecido al que había sentido en Malvinas ante la perspectiva de entrar en combate. Los tipos del Sierra tenían ese aspecto entre cómico y siniestro que asumen los servicios en la Argentina; él los conocía bastante bien, había tenido que responder a varios de sus interrogatorios cuando lo habían detenido luego de calientes, ruidosas y diminutas manifestaciones de veteranos de guerra.
Al parecer, Marina era bastante ingenua, pero era evidente que sabía bastante más de lo que había dicho. Encendió un cigarrillo y había fumado menos de la mitad cuando vio por el espejo a Marina que caminaba hacia el auto. Evidentemente estaba muy asustada, sólo eso podía explicar que una mujer armara con tanta rapidez su bolso. Bajó y ayudó a Marina a colocar el bolso en el baúl, le abrió la puerta trasera y preguntó-¿ A dónde vamos?
-A San Telmo, tengo una amiga allí, la llamé y dijo que no tenía problemas en que me quedara con ella unos días.
Vogel se sentó al volante y puso el auto en marcha.
-¿Siempre sos así?
-¿Así cómo?
-Tan poco conversador, tan reservado...
-Sí.
-Pero me aconsejaste, me estás ayudando y no me preguntaste nada más...
-Si todo se soluciona con esta mudanza momentánea no necesito saber más, no quiero complicaciones...
-Pero...
-Sí, en otro tipo de circunstancias me hubiera gustado otro tipo de acercamiento pero las cosas son como son y punto.
Marina se quedó mirándolo sorprendida y preguntó-¿Cuántos años tenés?
-30.
-Hablás como si fueras bastante más viejo...
-¿Sabés que es la primera vez que me lo dicen?, generalmente me acusan de hablar difícil o de tener una actitud pedante...
-Sos un tipo raro.
-Toda la gente es rara, salvo que algunos ponen más voluntad en ocultarlo.
-Es una opinión. -comentó Marina y se volvió hacia la ventanilla.
Vogel condujo el auto hasta la dirección indicada y estacionó, abrió el baúl y le alcanzó el bolso a Marina. Se quedaron unos segundos en silencio, enfrentados.
-¿ Cuánto te debo?
-No, ahora no, me pagarás cuando estés segura y tranquila.
-Gracias, chau. -Marina lo besó apenas en la mejilla y se alejó hacia la entrada del edificio, él se quedó mirándola hasta que la vio entrar, se volvió hasta el auto y condujo de regreso a Quilmes. En la agencia encontró a Rodriguez leyendo el diario, cuando lo vio entrar, explicó-No hay nada, así que podés descansar un momento...
-Tampoco hubo nada antes, yo me hago cargo del viaje, si sigo así me voy a unir a algún grupo de exploradores...
Rodriguez lo miró sonriendo-Capaz que ya formás parte de uno y no te diste cuenta...
-Puede ser... -Vogel se sentó en uno de los sillones y encendió un cigarrillo, se dedicó perezosamente a observar a la gente que pasaba hasta que volvió sobre una obsesión que lo rondaba, una de tantas. La preminencia del yo como una ceguera voluntaria para ocultar las implicancias de la existencia de una conciencia autónoma, de una consciencia que pesa sobre un sujeto que se evade detrás de la máscara de un yo hiperdesarrollado, enfermizamente crecido, como las bolas de los tipos que sufren de elefantiasis. Hiperdesarrollo que, paradójicamente, lleva a la disolución de la persona en una enfermante pesadilla autista, donde los demás se perciben apenas como fantasmas. Fantasmas para la conciencia alienada que intenta fijarlos como entes previsibles y manejables, instrumentos de placer o meras piezas de un juego. Vogel odiaba esa inflamación del yo que se había puesto de moda en la Argentina de los '90; donde hasta las viejas más decrépitas intentaban copiar el look de las adolescentes, sin darse cuenta del grado de envejecimiento de esas mismas adolescentes que tomaban como modelos. Sin percibir nada en realidad, nada que estuviera fuera de los límites de esa vana e imbécil pseudo abolición del tiempo y de la muerte: una sociedad perfecta donde siempre amanece un sol esplendoroso y el dolor de cualquier tipo ha sido suprimido. Un lugar con un selecto sistema de admisión, un mundo de perfectos y atildados maniquíes rodeados de una faja de seguridad que aísla los imperfectos cuerpos producto de la desnutrición, el cólera, el sida, la tuberculosis, el chagas, la lepra, las guerras y la imbecilidad moral extrema.
-Vogel.
-¿Qué? -preguntó como saliendo de un sueño profundo.
-El señor quiere que lo lleves hasta Bernal Oeste.
Vogel vio al señor, un elegante caballero con un impecable traje gris de corte italiano, pelo adecuadamente peinado con gel y un teléfono celular en su mano derecha. -Es que justamente hoy se me vino a quedar el Be Eme. -explicó.
-No se preocupe, en mi auto viajará cómodo y sin la molestia de manejar a estas horas.
El hombre lo miró desconfiado, consultó su rolex dorado y afirmó- Vamos entonces, estoy bastante apurado. -Rodriguez le alcanzó la planilla a Vogel, y los dos hombres salieron del local y caminaron hacia el auto. Vogel abrió la puerta trasera a su pasajero y luego se sentó frente al volante. El hombre se mantuvo en silencio hasta que llegaron a un costoso chalet de tres plantas en el barrio parque de Bernal, preguntó el importe del viaje y lo pagó con exactitud. Vogel saludó y emprendió el regreso, encontró cierta dificultad para estacionar, había dos autos frente a la agencia, finalmente consiguió un lugar a unos treinta metros, bajó y cerró el auto. Mientras caminaba vio que dos de los choferes discutían en la puerta del local, cuando estuvo próximo a ellos supo que el tema que sustentaba los gestos ampulosos y el alto volumen de sus voces, era el fútbol. Los saludó pero evitó permanecer el tiempo necesario para ser incluido en la discusión, Rodriguez seguía sentado tras el escritorio.
-Parece que no hay mucha acción...
-La competencia es terrible...
-No me digas que te estás deprimiendo.
-Por ahora las cosas cierran más o menos bien, pero quién sabe... no todos tenemos otro laburo para bancarnos...
-Claro, porque con la docencia me estoy llenando de plata, dejate de joder...
-¿ Sabés qué pasa?, desde que me dieron el retiro en la fábrica no hago más que pensar...
-Ah, claro, antes no lo hacías y eso te jode...
-Muy gracioso.
-Che, no te calentés.
-Está bien, lo que pasa es que en los años que laburé en la fábrica siempre tuve una seguridad, la plata no sobraba pero más o menos sabía con cuánto podía contar cuando terminaba la quincena... y eso es importante cuando tenés una familia...
-Si andás corto de guita...
-No, gracias pero no es eso... lo que me jode es la irregularidad del laburo, yo ya no soy un pibe…¿vas a hacer la noche?
-No, ¿querés que te deje el auto?
-No, llevátelo.
-Hasta mañana entonces.
Salió, saludó a los muchachos, aún inmersos en su polémica, que ahora se había orientado hacia los jugadores que debían ser incluidos o excluidos de la selección nacional, y caminó hacia el auto. Condujo rápidamente y dejó el auto frente a la puerta del edificio; consiguió mantener en suspenso el análisis de lo que había ocurrido ese día hasta que estuvo sentado en un sillón con un vaso de Smuggler en la mano derecha. Casi en forma obvia su pensamiento se dirigió hacia Marina, estaba empezando a preocuparse por ella, lo que a todas luces era un mal signo. Consideró entonces que la retrospección melancólica había dejado de ser su fuerte y decidió cortarla mediante la acción. Buscó en el bolsillo de su campera y encontró la tarjeta con el nombre y el número de teléfono de la mujer que había encarado en la mañana. Marcó el número y lo atendió Patricia, se presentó como Vogel, el hombre que la había conocido por la mañana y que estaba ansioso por conocerla más. La mujer fingió sorprenderse pero luego admitió que ella también. Preguntó dónde podían encontrarse y ella sugirió que podían encontrarse en su estudio a las diez; acordaron el encuentro y ella cortó la comunicación con un sugerente: “Mirá que te espero, eh”. Vogel apagó el inalámbrico con una sonrisa, el sexo, al igual que el alcohol no aniquilaba la pena pero la hacía olvidar por un rato. Encendió el televisor y comenzó a ejercer zapping por los canales del cable; no soportó más de cinco minutos la práctica del juego, y apagó el aparato.
Caminó hasta el armario, abrió una de las puertas con cerradura con una llave pequeña que llevaba siempre en el bolsillo de las monedas del vaquero. Sacó una caja de madera oscura lustrada, la abrió y extrajo una pistola Browning nueve milímetros; la desarmó, limpió las piezas con una gamuza, baqueteó el cañón; aceitó el mecanismo y volvió a armarla. Tiró la corredera hacia atrás y sonrió complacido por la suavidad con la que se desplazaba. Procedió a desarmar los tres cargadores que también estaban guardados en la caja, sacó las doce municiones que cada uno de ellos alojaba, las volvió a colocar y comprobó que los resortes funcionaban bien. Volvió a repasar el arma con una gamuza y apretó la cola del disparador. Colocó un cargador y volvió a tirar la corredera hacia atrás. Apuntó a una de las paredes y colocó el índice de la mano derecha flexionado sobre el disparador, sonrió, bajó la pistola y quitó el cargador; desplazó de nuevo la corredera y la munición que había quedado en la recámara fue despedida y cayó sobre la alfombra. La recogió y la volvió a poner en el cargador, entonces guardó el arma en la caja y ésta en el armario que se aseguró de volver a cerrar con llave. Agregó algo más de whisky en su vaso y volvió a sentarse en el sillón: ese arma estaba mal, siempre había sabido que estaba mal pero no podía evitarlo; era parte de la carga que no podía o no quería abandonar.
En la dirección que le había dado Patricia había una casa que databa de 1920 restaurada y pintada de blanco, en el frente había un pequeño letrero que indicaba: Estudio de Arquitectura Patricia Nark, junto a la puerta aparecía un portero eléctrico de chapa plateada. Presionó el botón de llamada y a los quince segundos una voz femenina preguntó-Quién
-Vogel.
-Pasá.
Vogel oyó el chirrido eléctrico que autorizaba su ingreso y empujó la puerta, entró a un recinto iluminado con luces dicroicas y vio un par de tableros de dibujo, una gran biblioteca cubría completamente una de las paredes; había también unos sillones separados por un pequeño escritorio: el lugar donde los clientes son recibidos, supuso Vogel. Más allá de aquella sala se extendía un largo pasillo apenas iluminado, pero ni señales de la anfitriona. Siguió caminando por el pasillo, entonces desde una habitación lateral apareció Patricia y caminó hacia él. Vestía una camisa de seda roja abierta al frente, a excepción de esta prenda, su desnudez era ostensible: los pechos firmes y pequeños, el abdomen terso y las largas piernas que concluían en un pubis cubierto de vello rubio. Vogel detuvo su marcha y comentó-Parece que sos una persona directa.
-Nunca me gustaron las vueltas. -comentó la mujer caminando hacia él, cuando estuvo próxima se colgó de sus hombros, lo besó y rodeó su cintura con las piernas. Lo que siguió fue una extendida maratón sexual de la que Vogel se recobró pasadas las dos de la mañana.

3.

Vogel despertó a duras penas cuando el despertador comenzó a sonar a las siete y permaneció en un estado de completa idiotez hasta pasados unos veinte minutos, entonces consiguió juntar la suficiente fuerza de voluntad como para caminar hasta el baño. Se duchó frotándose vigorosamente tratando de despertar por completo. Luego marchó hasta la cocina y se preparó un café fuerte apenas cortado con un chorro de leche. Bajó hasta la cochera y puso en marcha el auto, encendió un cigarrillo y fumó esperando unos minutos que el motor adquiriera la temperatura adecuada. Salió a la calle, condujo hasta la Agencia y estacionó frente al local, Rodriguez ya estaba tras el escritorio.
-Buen día
-Buen día, no tenés un aspecto demasiado brillante esta mañana...
-Se debe pagar el precio de una vida agitada.
-Y vos estás dispuesto a pagarlo...
-Es casi lo único que estoy dispuesto a pagar.
-Lo imaginaba.
-¿Cómo va todo?
-Bien, nada del otro mundo, hay tres muchachos trabajando y te tengo a vos y a Alfredo en reserva.
-Qué raro, no lo vi.
-Es que salió un rato para comprarle unos remedios a la mujer...
-Ah. -Vogel se sentó en un sillón y tomó el diario que estaba sobre el escritorio, luego de hojearlo unos minutos, comentó- Qué bueno es saber que todo sigue más o menos como siempre...
Entonces entró Marina, iba envuelta en un largo impermeable y llevaba anteojos negros, caminó hacia Vogel, se detuvo frente a él y se quitó los anteojos. Vogel sintió un frío intenso en el estómago, se incorporó y preguntó-¿Qué te pasó?
-Los tipos... me encontraron en la calle.
En ese momento entró una mujer de cincuenta años vestido con elegancia y caminó hacia el escritorio. Vogel tomó a Marina de un brazo y ordenó-Enseguida vuelvo, Rodriguez, la señorita está apurada. -Salieron y caminaron hasta un bar que había a media cuadra; Vogel condujo a Marina hasta una mesa, y la hizo sentar.
-¿ Tomás un café o preferís algo más fuerte?
-No sé... tengo miedo.
Vogel le ordenó al mozo- Dos cortados y dos cognacs.
Ambos permanecieron en silencio hasta que fueron servidos, entonces Marina dijo-Tengo miedo, mucho miedo...
- Tomate un sorbo de cognac… -Vogel la observó como levantaba la copa, la llevaba a los labios y tomaba un trago, esperó un momento y preguntó-¿Te dejaron ir después de pegarte?
-No sé, me agarraron, me pegaron y en un momento conseguí zafar...
-¿Pero no podés recordar cómo zafaste?
-No, no me acuerdo, ¿ pero qué importa? -preguntó Marina molesta.
- Porque si ellos te dejaron ir es porque únicamente quisieron darte unos golpes para asustarte, pero si vos te escapaste puede ser que la intención de esos muchachos haya sido otra…
Marina lo miró aterrorizada-¿Pero por qué?
-Si no lo sabés vos...
Durante unos minutos quedaron en silencio, Marina dijo-Yo sólo sé que esos tipos aparecieron después de que entregué el sobre...
-Creo que no te conviene saber más, lo mejor que podés hacer es irte de Buenos Aires, ya probaste yéndote de Quilmes y no funcionó.
- ¿Que me vaya, pero dónde?
- Tampoco lo sé, la otra que te queda es denunciar a esos tipos y pedirle protección a la cana.
-No entiendo nada, yo no hice nada para que esas bestias me pegaran.
-No sabés.
-¿Qué querés decir?
-Desde el momento en que no sabés qué contenía el sobre que entregaste, no podés saber si no hiciste nada malo, esa distinción sólo la puede hacer el destinatario.
Marina se quedó pensativa, y encendió el cigarrillo que le había ofrecido Vogel, luego de exhalar la primera bocanada, comentó- Me porté como una imbécil, me usaron como una pelotuda.
Vogel le dedicó una sonrisa débil y no dijo nada.
-¿Me vas a ayudar a salir de esto? -preguntó Marina mirándolo, Vogel sintió que la belleza de aquel rostro era un arma poderosa y que podía ser un instrumento de dolor de real efectividad, pero, ¿ podía hacer otra cosa que correr el riesgo ? Consideró que no y debió decir- Sí.
-¿Qué voy a hacer entonces?
-Primero quiero que me digas quién te encargó que llevaras el sobre.
-Aguilar me encargó que lo entregara.
-¿A qué se dedica?
-Es representante de artistas, casi todos no muy conocidos... me prometió un papel en la tele si cumplía su encargo...
-¿Y vos le creíste?
-Es mi representante...
-Bueno, eh... ¿no te comentó nada sobre el contenido del sobre?
-No.
-¿Fuiste a verlo cuando te diste cuenta que esos tipos te seguían?
-No.
-¿Por qué ?
-No confío en él.
-Pero sí lo suficiente como para llevar un sobre que no sabías qué contenía...
-Fue una estupidez, ya lo dije.
-¿Sabés el nombre del destinatario?
-Ricardo Hortal Unzué.
-Ah, ahora me quedo más tranquilo...
-¿Quién es? -preguntó Marina.
-¿No lo conocés?
-No.
-Uno de los tipos más ricos de la Argentina, empresas petroleras, corredores ferroviarios, silos, campos y participación en por lo menos una radio y un canal de televisión...
-¿Vos creés que él mandó a los matones?
-No lo sé, pero ahora estoy convencido de que tenés que dejar Buenos Aires...
-¿Y a dónde voy a ir?
-Tengo amigos en el sur, ellos podrán refugiarte...vamos a mi departamento, después vemos cómo arreglamos el viaje...
Vogel llamó al mozo, pagó y salieron. En la calle, Marina miró alrededor y fue evidente el miedo que la dominaba. Vogel le abrió la puerta del auto y la observó mientras se acomodaba en el asiento, Marina no pudo reprimir un gesto de dolor. -No bien lleguemos tengo que ver esos golpes.
-No, pero...
-Nada de peros. -dijo Vogel mientras encendía el motor.
-Sí, ya sé, tengo que confiar en vos.
-Exactamente.
Mientras conducía hacia su departamento, estuvo atento a la visión de sus espejos retrovisores y comprobó que nadie lo seguía o que lo hacía con una destreza tal que él era incapaz de detectar la persecución. Entró con el auto a la cochera, y desde allí subieron hasta el departamento, Vogel comentó-Espero que te guste.
-Se ve demasiado ordenado para un hombre que vive solo.
-Gracias, ahora sentate y sacate el impermeable. -Marina obedeció y Vogel se inclinó sobre su rostro y vió las hematomas, lentamente comenzó a crecer en él la indignación y la reprimió diciéndose que aún no había visto todo. -Con unos anti-inflamatorios y un poco de hielo... pero claro que no deben ser los únicos...
Marina lo miró dudando y dijo-No.
-Sacate el sweater y la camisa entonces.
Marina se quedó mirándolo y Vogel explicó-A pesar de mis bajos instintos, aún no son tan bajos como para aprovecharme de una mujer golpeada y asustada...
Marina no dijo nada y se quitó el sweater, la camisa y el soutien. Vogel golpeó la mesa ratona con su puño derecho: había hematomas en el lado derecho del torso, y cuatro marcas negras rodeaban el pezón de ese lado, el bíceps del brazo derecho también aparecía amoratado, sobre las costillas inferiores del hemisferio izquierdo aparecía también un borrón negro. Vogel apoyó suavemente los dedos de la mano derecha sobre las costillas y presionó, Marina ahogó un gemido.
- Sé que te duele, pero aparentemente no hay fracturas, habría que sacar una radiografía para estar seguros...
-No quiero salir, no quiero salir...-Marina comenzó a sollozar y abrazó a Vogel.
- Bueno, está bien, vamos a esperar unas horas, ahora te voy a dar unos comprimidos y vamos a ver...
-No me dejés sola.
-No te preocupés, ahora acompañame. -Vogel la condujo hasta el dormitorio y la ayudó a sacarse los pantalones y acostarse, luego fue hasta el baño, abrió el botiquín y, afortunadamente, encontró lo que buscaba. Caminó hasta la cocina y llenó un vaso con agua mineral, volvió hasta el dormitorio y dijo-Bueno, ahora, como una nena buena te tomás un par de estas y dormís unas horas.
Marina se puso los dos comprimidos en la boca y bebió un largo trago de agua, le devolvió el vaso y preguntó- ¿ Cómo te voy a agradecer esto?
-No te preocupés, soy muy imaginativo, ya se me ocurrirá algo... ahora vengo. -Volvió a la cocina y encontró una bolsa para hielo que llenó con cubitos que sacó del freezar, volvió al baño y tomó un toallón limpio.
Marina preguntó-¿Es necesario?
-La verdad que no, pero me muero por tocar esos pechos maravillosos...
Marisa rió y el movimiento le produjo un dolor que demostró con una mueca.
-Nada de risas por ahora. -recomendó Vogel y se inclinó sobre ella, levantó el cobertor y la sábana, y colocó la bolsa de hielo recubierta con el toallón sobre la carne amoratada en torno a las costillas, Marina se estremeció; Vogel volvió a cubrirla y se incorporó-Ahora tratá de dormir.
-No me dejés sola.
-No te preocupes, voy a estar acá.
-Gracias. -dijo Marina y extendió su mano derecha, Vogel la tomó y ordenó- Dormite de una vez. -Se sentó en una silla junto a la cama y la observó intentando dormir, no debió esperar mucho tiempo para que se sumiera en un sueño profundo; entonces se sintió liberado para iniciar su reflexión, el rito debía ser llevado a cabo, era una obligación para seguir reconociéndose como Vogel. Sonrió burlándose de sí mismo, era un buen comienzo, al fin y al cabo la acción estaba tornándose sombría. No pudo evitar acordarse del señor K., era así que debía reflexionar para orientar la acción posterior, y debía pensar con frialdad: había sido un error indignarse tanto cuando había visto los golpes en el cuerpo de Marina. Eran algo indignante pero la furia no era la metodología adecuada para conseguir sacarla de aquella historia. Necesitaba ganar tiempo para poder hacerla salir de Buenos Aires y alejarla de los matones, pensó que quizá debía hablar con Aguilar, tal vez pudiera detener la persecución si lo amenazaba eficientemente. Aunque si los matones respondían a Hortal Unzué, la cosa se hacía bastante más pesada. Se preguntó si no era más sencillo subirse al auto con Marina y rajarse al sur. Sí, era mucho más sencillo, evadirse era siempre lo más sencillo, pero, ¿ intervenir no era la oportunidad para dar expresión de una violencia, que ocultamente persistía en él desde la guerra? Pensó que tal vez era tiempo de volver a hablar con Erica, la única persona con la que se había atrevido a hablar de Malvinas, tal vez porque la veterana psicóloga se parecía asombrosamente a su abuela materna.
Veló el sueño de Marina hasta las ocho de la noche, entonces despertó y al verlo junto a la cama, sonrió agradecida- ¿ Estuviste todo el tiempo acá?
-Sí, claro, los heridos en batalla merecen toda mi atención.
Marina sonrió.
-¿Te duele?
-Un poco, ¿ qué vamos a hacer ahora?
-Pensé que por ahí sería útil hablar con Aguilar.
-¿Y si no quiere hablar?
- Si no consigo nada con Aguilar, pienso que inmediatamente tenés que dejar Buenos Aires.
-¿Pero a dónde voy a ir? No tengo plata ni...
-No te preocupés, ya te dije que tengo amigos en el sur que pueden ayudarte...
- ¿ Cómo voy a agradecerte lo que hacés por mí?
-Ya te dije, también, que tengo un par de ideas para más tarde, ahora hay que pensar en cenar...
-No te molestés.
-Mirá, para mí no es molestia, además yo puedo saltearme el desayuno y el almuerzo, pero la cena es sagrada, ¿ qué te parecen unos tallarines con tuco?
-Está bien, pero yo te ayudo a hacer el tuco.
-¿Podés levantarte?
-Creo que sí.



4.
La habitación era pretenciosa; demasiado ostensible el esfuerzo por parecer próspero que exhibía el propietario. Los sillones de la recepción estaban forrados en terciopelo rojo y de un tamaño tan desmesurado que los ocasionales visitantes del lugar debían caminar hasta la puerta de la oficina, esquivándolos; la secretaría apenas conseguía asomar tras un escritorio de roble macizo.
Vogel se presentó con tranquilidad- Buenos días, busco al señor Aguilar.
La morocha le sonrió taimadamente sugiriendo que las cosas no eran tan fáciles, luego inquirió-¿Hizo una cita con él?
Bien, el viejo, pero no por eso fuera de moda juego de cuán importante es el señor.-Digale al señor Aguilar que vengo de parte del señor Hortal Unzué.
-¿Cómo debo presentarlo?
-Eso no importa, dígale lo que le dije.
La chica se comunicó por el interno con Aguilar y repitió más o menos textualmente las palabras del visitante, la respuesta fue inmediata-Que pase.
Vogel sonrió a la secretaria y caminó hasta la puerta del despacho tratando de no chocar con el sillón, abrió la puerta un individuo de unos cincuenta años, calvo y con un abdomen prominente que el prolijo traje no hacía más que destacar.
-¿Quién es usted? -preguntó con una voz chillona que parecía no corresponderse con su aspecto físico.
-¿No me invita a sentarme? -preguntó Vogel fingiéndose sorprendido ante la falta de cortesía de su anfitrión.
-¿Quién es usted y qué busca? -insistió Aguilar refugiado detrás de su escritorio y extendiendo la mano hacia uno de los cajones.
-Mantengamos la calma, por favor. -pidió Vogel al tiempo que sacaba la Browning del bolsillo, y le apuntaba al pecho; Aguilar palideció y permaneció inmóvil.
-Así me gusta, ahora pondremos mantener una conversación civilizada, usted conoce a Marina.
Aguilar permaneció en silencio.
-Supongo que eso es una afirmación, por eso del que calla otorga y todas esas boludeces, prosigamos entonces, conociendo a Marina la envió a entregar un sobre a Hortal Unzué, la pregunta obvia es por qué.
Aguilar murmuró-No le diré nada.
Vogel suspiró apesadumbrado y luego explicó-Si usted no quiere hablar yo no puedo obligarlo, pero tenga en cuenta que el destinatario de su mensaje se puso un poco violento, de hecho contrató a dos matones que no han tenido el menor problema en golpear a Marina en plena calle...
Aguilar palideció ante la noticia, Vogel comentó-Si no los contrató usted, es posible que ahora lo estén buscando, no les habrá sido difícil establecer la conexión.
-¿Qué es lo que quiere?
-Sacar a Marina de este asunto.
-Yo no puedo hacer nada.
-Y yo no puedo obligarlo a hacer nada, aunque por ahí lo use como blanco; cuídese, los muchachos de los que le hablé son violentos. Chau. -Vogel caminó de espaldas hacia la puerta manteniendo apuntado a el hombre; atravesó el umbral, cerró la puerta, guardó la pistola en el bolsillo de su campera y salió. La morocha lo miró interesada al verlo salir de la oficina, Vogel la saludó. Tomó el ascensor y presionó el botón que indicaba la planta baja. Había que rajarse al sur cuanto antes, los matones respondían a Hortal Unzué, no había duda, y no era ninguna joda meterse con un tipo como ese. Bajó del ascensor y vio como dos figuras voluminosas figuras masculinas subían al otro, y la puerta se cerraba tras ellos. Fueron unos segundos hasta que adquirió comprensión. Giró hacia el ascensor del que había bajado, pero ya no estaba; corrió hacia las escaleras, y fue consciente de su falta de estado físico cuando al llegar al segundo piso sus piernas comenzaron a endurecerse en los muslos y en las pantorrillas y sus pulmones comenzaron a pugnar desesperadamente por oxígeno; tuvo que apoyarse en la pared cuando llegó al cuarto, pero la perspectiva de lo que podía estar ocurriendo en el séptimo lo impulsó de nuevo. Sacó la Browning del bolsillo y siguió subiendo, cuando llegó al sexto trató de hacer silencioso su avance e intentó escuchar lo que ocurría en el piso siguiente: nada.
El séptimo, llegó hasta la oficina: la morocha secretaria estaba definitivamente inclinada sobre su escritorio, un punto rojo centraba su frente, avanzó hacia la puerta del despacho de Aguilar, giró el picaporte y lo encontró tirado sobre la alfombra con el torso cubierto de sangre, aunque con dificultad, aún respiraba; Vogel acercó su rostro al del herido- Llamaré a una ambulancia, traté de aguantar.
-Yo ya estoy listo... ese hijo de puta de Luchetti... -tosió tratando de aliviarse..
-No hable.
-Ese hijo de puta de Luchetti y el sobre. -dijo Aguilar y volvió a toser. Vogel tomó el tubo de teléfono que estaba sobre el escritorio y llamó al número de emergencias que había en una tarjeta adherida a la tapa, en pocas palabras les informó de la urgencia. Luego dedicó una mirada a Aguilar y salió de la oficina. Decidió bajar por las escaleras, tenía que salir cuanto antes del edificio y presentía que el ascensor podía ser una trampa mortal. El miedo comenzaba a marcar una aceleración notable en las pulsaciones de su corazón, entonces se percató de que aún llevaba la Browning en la mano derecha; la guardó y siguió hasta la planta baja, atravesó el hall y llegó a la calle sin que nadie reparara demasiado en él. Era extraño, el edificio estaba desierto o sus habitantes eran sordos; pensar que los matones habían utilizado silenciadores era una hipótesis a evitar para poder contener mejor el miedo.
Condujo hasta Quilmes tratando de encontrar el tono justo para comunicarle a Marina la necesidad de alejarse rápidamente de Buenos Aires sin alarmarla más de lo necesario, pero una vez que llegó a la puerta del edificio no consideró haberlo logrado. Cuando abrió la puerta del departamento escuchó la voz de Joni Mitchell desde el stereo, Marina dijo desde la cocina- Hola, vení y probá lo que estoy preparando...
Vogel caminó sintiendo una precoz nostalgia de ese momento, ella se dio vuelta y lo miró ansiosa-¿Cómo te fue en tu entrevista con Aguilar?
-Tenemos que irnos de Buenos Aires ya.
-¿Qué pasó?
-Lo mataron, a él y a su secretaria...
La cuchara que Marina tenía en su mano derecha cayó sobre el piso de granito y se demoró un par de segundos agotando la estridencia de la caída. Marina había palidecido y estaba inmóvil, Vogel la abrazó durante unos segundos y luego explicó-Tenemos que irnos, no hay opción.
- Sí, sí. Vámonos, ¿cuándo podremos volver?
-No lo sé.
-Tengo mucho miedo.
-Yo también.
-¿Viste cuando los mataron?
-No - Vogel consideró innecesario referirle algún detalle.
-Vamos, entonces -pidió Marina, Vogel le pidió que esperara un momento, y abrió el aparador donde guardaba las municiones, sacó dos cajas y se las puso en el bolsillo de la campera.
Salieron del departamento y caminaron hacia el ascensor, Vogel le sacó el seguro a la pistola.
-¿Es necesario?
-Ojalá no lo fuera. -deseó Vogel, se inclinó y la beso suavemente en los labios. El ascensor llegó a la planta baja, Vogel abrió la puerta y le pidió a Marina que caminara detrás de él; atravesaron el vestíbulo en silencio y caminaron hacia la puerta de vidrio. Vogel abrió y entonces vio el fogonazo, se arrojó al piso y arrastró a Marina con él, entonces escuchó la detonación. Marina murió casi instantáneamente, la cabeza atravesada por el disparo, Vogel se inclinó hacia ella y supo que todo había terminado. Empujó con violencia la puerta de vidrio y se arrojó a la vereda con la pistola en su mano derecha tratando de ubicar al enemigo: justo frente a él había un Sierra rojo con dos tipos adentro, el conductor empuñaba una pistola tratando de hacer blanco en él. Vogel disparó antes. El ojo derecho del tirador estalló en una explosión sanguinolenta, el otro tipo salió del auto e intentó hacer puntería apoyando los codos sobre el techo del auto, un tiro certero le levantó la parte superior del cráneo. Vogel se puso de pie y corrió hacia el auto, vació el resto del cargador en los dos cuerpos, luego corrió hacia su auto con la Browning en alto, ciego a los curiosos que se acercaban.

5.
La mano izquierda firme en el volante, la derecha haciendo los cambios, los pies pisando los pedales adecuados en los momentos justos. Era nada más que un mecanismo complejo en funciones. La Browning apenas pesaba en el bolsillo derecho de su campera, un leve olor a cordita y a metal caliente hacían su presencia más ostensible. Los tipos estaban muertos pero eso no había devuelto la vida a Marina, apretó el volante hasta que los nudillos blanquearon. El dolor fue tan intenso que por unos segundos lo encegueció la visión de una inmensa hacha blanca partiendo el mundo. Líneas blancas sobre la cinta gris, luces blancas y amarillas acercándose a él, la presencia inminente de la noche lo volvió a lo real; el dolor se hizo más soportable, sus manos se distendieron, decidió detenerse en la banquina y respirar el aire de las nacientes sombras. Puso las balizas, esperó que un camión lo pasara y condujo el auto fuera de la ruta, salió e inspiró profundamente: el aire olía a rocío sobre el pasto y bosta de vaca, empezaba a hacer frío. Eso era todo, no habría ningún puto final feliz, nunca lo habría. El film se seguiría rodando hasta las últimas consecuencias, entonces él sería exterminado como la cucaracha que realmente era. Una especie en rápida extinción, un creyente en la ética, un risible fantoche de imperativos categóricos. ¿ Pero a qué venía tanta autocompasión? Al fin y al cabo él podía sentir algo, no era el caso de Marina. ¿ Qué quedaba de ella entonces? Un cuerpo que pronto sería disuelto por la corrupción, el recuerdo del placer que le había dado a sus amantes. Todo, pasado el tiempo prescripto se disolvería en nada, sólo faltaban unas pocas muertes más, incluyendo la suya. Vogel empezaba a extrañarla y trató de encontrar un modo que le permitiera atenuar esa nostalgia violenta. Se recostó en el capó del auto y encendió un cigarrillo, no había terminado de fumarlo cuando vio el patrullero que salía de la ruta y se estacionaba a una decena de metros de él. Escuchó que se abrían las puertas y luego la luz de una linterna le enfocó sobre la cara.
-Levante despacio las manos y crúcelas detrás de la cabeza.
Vogel dejo caer la colilla e hizo lo que le había sido ordenado, el de la linterna se acercó despacio-Quédese donde está.
Vogel se dio cuenta de que el hombre tenía miedo, el pulso no era firme, tanto la linterna que llevaba en la mano izquierda como la pistola que llevaba en la derecha exhibían una ligera inestabilidad. Entonces notó que el otro se acercaba hasta situarse a un metro de él, el de la linterna dijo- Ahora apoye las manos sobre el techo y abra las piernas.
Obedeció sin protestar y antes de que el policía lo palpara, explicó-El arma está en el bolsillo derecho de la campera.
Lo esposaron y lo ayudaron a acomodarse en el asiento trasero del auto policial, hicieron unos cinco kilómetros por la ruta, y al cabo apareció un pequeño grupo de luces blancas y amarillas al frente; a medida que se fueron aproximando Vogel advirtió que constituían las escasa luminarias de un pueblo minúsculo. Se detuvieron frente a la comisaría: una construcción de ladrillo con techa de chapa a dos aguas que llevaba al frente el escudo de la provincia, el número de seccional y el nombre del pueblo. Lo hicieron bajar y pasar a la sala de guardia; detrás de un escritorio de madera oscura aguardaba un oficial, un hombre pálido y delgado que lo observaba atentamente mientras uno de los agentes lo presentaba. El oficial dijo-Llévenlo al calabozo hasta que llegue al juez a tomarle declaración, no creo que sea necesario quitarle los cordones, supongo...
-No, no va a ser necesario, gracias. -respondió Vogel, luego los agentes lo condujeron por un pasillo pobremente iluminado y se detuvieron delante de una reja, uno de ellos la abrió y entonces el otro le quitó las esposas. Entró en el cuartucho y vio como uno de ellos cerraba la reja con llave, después se fueron en silencio. Se sentó en el catre y trató de dejarse ir, luego se recostó y en unos minutos estuvo dormido.
Ya había amanecido cuando lo despertó el sonido de la llave al girar en la cerradura de la reja, el oficial de guardia estaba de pie delante de un hombre canoso y delgado vestido con un traje negro impecablemente cortado que llevaba un portafolio en su mano derecha. -Lo han venido a buscar desde la Capital. -explicó el policía- Parece que es usted una persona importante...
Supo que Hortal Unzué había hecho otra movida, y que no presagiaba nada bueno, explicó-Yo no tengo abogado...
El individuo elegante se acercó a la reja y dijo- Discúlpeme, señor Vogel, permítamente presentarme, soy el Doctor Linch Azevedo...
-Mucho gusto, ¿ Qué hace acá?
-Vine para informarle que su situación no es lo grave que puede parecer, de hecho el juez no cuenta con pruebas suficientes como para mantenerlo detenido...
Vogel estalló en una carcajada violenta, había cagado a tiros a dos tipos a plena luz del día en un lugar poblado, y el juez no tenía motivos para mantenerlo detenido; era buenísimo, ese Hortal Unzué era un hijo de puta magistral, maestro, esa era la palabra... cuando se calmó, dijo- Muchas gracias por informarme, entonces, si es como usted dice nada me impedirá irme ya.
-Un momento, por favor. -pidió el abogado perdiendo algo de su judicial apostura.
-¿Qué pasa ?
-La persona a quien represento, y que está muy interesado en su situación desea mantener con usted una reunión privada en forma urgente.
Vogel supo que podía negarse pero eso sería posponer la resolución del asunto, además estaba ansioso por conocer a Hortal Unzué. -De acuerdo, pero antes quiero hacer una llamada y hablar en privado con el oficial...
-Principal Gutierrez.
-Espero entonces. -dijo el abogado.
Vogel salió del calabozo y fue conducido por el policía hasta un pequeño despacho, entonces explicó- Usted me parece un tipo honesto, sólo le voy a pedir un favor.
-Dígame y veré qué puedo hacer.
-Sólo una cosa, recuerde quien soy y que estuve aquí, por ahí tratan de hacérselo olvidar muy pronto, aguante mientras pueda, no le pido más.
El oficial se quedó mirándolo sorprendido, luego dijo-No entiendo mucho, pero trataré de cumplir...
- Muchas gracias.-Vogel estrechó con fuerza la diestra del oficial, luego explicó- Y ahora me gustaría hacer la llamada...
- Sí, claro, ahí tiene el teléfono. -el oficial salió del despacho y cerró la puerta tras él. Vogel había pensado en llamar a Rodriguez para que actuara en caso de que él desapareciera, pero luego concluyó que eso sería agregar una víctima potencial a la trama. Así que marcó un número al azar y mantuvo una conversación confusa con un interlocutor confundido.
Salió del despacho y caminó hacia la sala de guardia, se despidió del oficial y siguió al abogado al exterior, hacía una mañana clara y despejada enfriada por un suave y persistente viento del sur. Frente a la comisaría estaba el auto de Linch Azevedo: un Mercedes gris plateado con un chofer que aguardaba, a un costado estaba estacionado el 505; Vogel pensó que nada le impedía subirse a su auto pero optó por conocer el final.
El chofer descendió del Mercedes y abrió las puertas traseras, Vogel y Azevedo Linch subieron y se sentaron; ninguno de los dos habló durante el viaje que concluyó cuando el chofer estacionó el auto en una cochera de un edificio sobre Avenida del Libertador. Bajaron y caminaron hacia los ascensores, el abogado abrió la puerta de uno e invitó a Vogel, luego entró él y presionó la tecla del piso 12.
Los recibió un hombre calvo, delgado, con un bronceado parejo, vestido con un traje gris de perfecto corte; toda su persona exhibía un aura de prolijidad algo amanerada. -Pasen, pasen, por favor.
Los recién llegados entraron a un living decorados con esculturas y cuadros que a Vogel se le ocurrieron originales, y por ende, carísimos. Próximo a ellos había un grupo de sillones gigantescos que rodeaban una diminuta mesa ratona, más allá se veía un desnivel poblado por una mesa de ébano rodeada de sillas, la luz entraba por un ventanal que ocupaba casi toda una pared. Sentado en uno de los sillones había un hombre joven de pelo y bigote negro que llevaba un traje azul; fumaba nerviosamente y su rostro reflejaba una inquietud que a Vogel se le ocurrió muy parecida al miedo.
El abogado hizo las presentaciones, y así Vogel se enteró de que su anfitrión era el poderoso Hortal Unzué.
-Ah, mi buen amigo es incapaz de evitar las formalidades... -explicó Hortal Unzué.
-Es que sobreactúa bastante. -comentó Vogel.
El abogado le dirigió una mirada molesta y Vogel lo miró tratando de calcular dónde sería más efectivo el primer golpe. El dueño de casa demostró su suspicacia agradeciendo a Linch Azevedo por el trabajo realizado y despidiéndolo.
-Seguramente le sorprenderá la celebración de esta conferencia...
-Debo admitir que estoy sorprendido, para que suponga que todo está saliendo según usted lo ha previsto y no parecer un mal educado ante una persona tan distinguida...
Hortal Unzué sonrió-No creí que fuera usted tan susceptible.
-Mucho.
-Es bueno conocer a las personas, de todos modos había deducido esa característica del tratamiento que le aplicó a mis empleados… -carraspeó con levedad y prosiguió-… y a propósito de conocer personas, le presento al señor Luchetti. -dijo Hortal Unzué señalando al hombre del sillón.
-Luchetti… es bueno verlo bien… todavía, claro…
-Y ahora que todos nos conocemos, es tiempo de aclarar todo el asunto... -sugirió Hortal Unzué.
- Yo sólo sé que el difunto Aguilar no tenía mucho aprecio por el señor Luchetti mientras agonizaba, supongo que porque era él quien le había dado el sobre... -comentó Vogel.
-El señor Luchetti puede aclararnos todo el asunto. -dijo Hortal Unzué.
-No es fácil explicar cómo empezó todo. -dijo Luchetti con una voz grave, profunda y titubeante.
-Y menos ante dos asesinos. -comentó Vogel sonriendo.
Hortal Unzué exigió- Vamos, hable.
Luchetti carraspeó y comenzó- Una de las empresas presididas por el señor Hortal Unzué sostiene una fundación cultural que otorga anualmente premios a los que se destacan en varias actividades artísticas... de hecho, El fénix es uno de los premios más prestigiosos del país...
-Sí, lo conozco. -admitió Vogel.
-A pesar de que es el consejo de la fundación el que designa a los ganadores, el señor Hortal Unzué es el responsable de la selección definitiva... este año la candidata segura en el rubro de actuación femenina era Agueda Darnier, una actriz de reconocida trayectoria en teatro y cine, aún en el tiempo que estuvo exiliada en España, todos los rumores afirmaban que había sido elegida por el señor Hortal Unzué...
-¿Y cómo sabía usted eso?
-Trabajo para él.
-Prosiga, Luchetti. -ordenó Hortal Unzué.
-Sofía... Sofía... Dorial... -tartamudeó Luchetti.
-Vamos, Luchetti, no me va a decir que ahora le falta valor... explique cómo intervino usted en la historia, el señor Vogel merece una explicación clara...
-Sí, si señor... Sofía Dorial, la actriz y conductora de televisión creyó que ella debía ganar el Fénix este año... ella... ella. bueno nosotros teníamos una relación...
-Era su amante. -apuntó Vogel.
-Sí... -el rostro de Luchetti empalideció y comenzó a humedecerse, Hortal Unzué observaba satisfecho la actuación, como un director complacido en el desempeño dramático de uno de sus artistas. Luchetti continuó- Sofía me convenció de que debía modificar la decisión del señor Hortal Unzué, así que pensé que podía...
-Chantajearlo utilizando a Aguilar. -concluyó Vogel.
Luchetti, ya lanzado continuó- Yo tenía información sobre algunas irregularidades en alguna de las empresas del grupo y...
-Suficiente. -dictaminó Hortal Unzué.
-No puedo creer que usted contrate a imbéciles como este... -comentó Vogel irritado.
-Todo el mundo comete errores, lo importante es la capacidad para enmendarlos a tiempo...
-¿Nunca se le ocurrió pensar que a su jefe no le costaría mucho detectar la fuga de información?
Luchetti permaneció en silencio.
-De modo que cinco personas han muerto por la ambición de una actriz mediocre, la calentura de un mamarracho y el mesianismo de un megalómano... -comentó Vogel pugnando por controlar la bronca.
Hortal Unzúe-Veo que no está usted muy cómodo en la nueva Argentina.
-Créame que no, lo que no comprendo es por qué Luchetti y yo seguimos con vida...
-Usted es el responsable. -admitió Hortal Unzué-Cuando mató a mis empleados en la calle llevó las cosas a un extremo intolerable, entonces algunos amigos me sugirieron que bajara el perfil de la operación… y como son muy buenos amigos he decidido seguir su consejo… ustedes están demasiado metidos en el asunto como para que no los relacionen conmigo si tuvieran algún accidente...
-¿Qué garantía tenemos de seguir vivos, digamos en un par de meses, cuando el asunto se olvide? -preguntó Vogel.
-El asunto para mí está terminado, si acordamos eso, todo habrá acabado; aunque yo también necesito la garantía de que usted no intentará pegarme un tiro cuando encuentre la ocasión propicia.
-No podemos comparar posibilidades...
-No sea humilde, sé que un hombre decidido a matar al que no le importen las consecuencias puede burlar cualquier medida de seguridad, y no estoy seguro de que a usted le importen; sé muy bien quién es y dónde ha estado…
-Había olvidado mi fama y sus contactos…
-¿Entonces?
-Nada ganaré matándolo.
-¿Paz entonces?
-Si no tengo mayores problemas con la justicia…
-No se preocupe, no los tendrá, eso ya está resuelto.
-Eso es lo bueno de vivir en una democracia, la independencia de los poderes y todo eso... supongo que no esperara que nos estrechemos las manos.
-Supone bien.
-Adiós entonces, chau, Luchetti, cuidate de los accidentes.


6.

Vogel regresó a su departamento y pasó el tiempo con una botella de whisky hasta perder la consciencia, despertó al día siguiente y concertó una entrevista con Erica necesitaba hablar. El día transcurrió desenfocado y ambiguo hasta que llegó a la consulta, y habló-Me tengo que dejar de joder con las vueltas, hay placer
en la violencia, y obviamente hay un gran placer en toda guerra, tengo que asumirlo de una vez por todas, la violencia está en todos lados pero pocos se animan a admitir el placer que les proporciona...
-¿Vos sentiste placer cuando mataste a esos dos?
-Sí.
-Disculpame, pero eso es fascista, me extraña que no sea evidente para vos...
-No, los fascistas no inventaron nada, sólo tomaron ideas prestadas o las hicieran explícitas, ideas que dirigen toda acción desde que el hombre es hombre. La historia de la humanidad es la historia de las guerras que ha librado...
-Me parece que estás confundiendo dos aspectos, la historia de la humanidad está plagada de guerras, pero de ahí a decir que la causa de las guerras es el placer que da la violencia...
-Acepto que puede haber diferentes causas que aparentemente generen las guerras, pero, en última instancia, lo que las produce es el impulso humano por desatarse de toda atadura, de todo límite impuesto por la sociedad, la posibilidad de exigirse a uno mismo hasta el límite y de plantarse frontalmente frente al otro. El soldado que tiene en la mira de su fusil al enemigo es Dios por unos segundos, de él depende que el otro siga o no respirando, y tanto si lo mata o si lo deja vivir, el recuerdo del poder que tuvo en sus manos durante esos segundos continuará con él toda la vida. Esa sensación de poder ilimitado, esa capacidad de elegir libremente por la vida o la muerte, sensación que se hace más compleja cuando se sabe que en cuestión de segundos uno puede estar del otro lado del fusil. La guerra rompe toda lógica, toda norma, toda referencia, toda moral, la guerra es un carnaval feroz, con imágenes de una belleza aterradora... en las afueras de Puerto Argentino, cuando intentábamos detener el avance inglés ellos empezaron a tirar con todo, artillería naval, terrestre, fuego trazante de ametralladoras... la noche surcada de líneas rojas que nos buscaban, la noche negra, roja, blanca y el sonido aterrador de las detonaciones... en un momento me quedé paralizado admirando la belleza de esa locura...
-Vos podés hablar de la belleza de la guerra porque sobreviviste.
-Claro, ¿pero no te das cuenta de que eso es lo peor?
-No comprendo.
-No hubo otro momento ni lo habrá en que yo haya estado tan vivo como entonces... he visto hombres volar en pedazos... he visto aviones pulverizarse en al aire, desaparecer como si nunca hubieran existido, tuve miedo, hambre y frío casi hasta perder la consciencia... si fuera creyente diría que tensaron mi alma hasta su límite y no sé si más allá. -Vogel se calló y encendió su cigarrillo, Erica lo miraba con los ojos húmedos, superada absolutamente su capacidad profesional. Vogel continuó- Nunca estuve tan vivo como entonces, toda mi voluntad estaba puesta en vivir, todo lo que había extrañado allí, cuando regresé me pareció desvaído, como si nada tuviera la consistencia suficiente, vos lo sabés porque me ayudaste a encontrarle sentido de nuevo a las cosas. gracias a vos pude terminar la carrera y ordenarme... pero creo que todo ha sido inútil, la violencia está en mi, y en todos lados sin que a nadie parezca importarle demasiado... creo que no es solamente mi problema...
-¿Qué vas a hacer entonces?
-No lo sé...
Erica habló durante unos minutos, y ambos supieron que aquel discurso era sólo una forma de mantener las formas y preservar el ritual, nada más que eso. La conexión que había existido entre ellos se había desplazado a un plano donde lo racional escasamente podía ser efectivo.
Vogel se despidió y salió, lloviznaba y soplaba un fuerte viento sudoeste que azotaba el agua contra gentes y objetos.